Uno de los mayores desafíos de toda institución fraternal no es atraer nuevos miembros, sino conservar en sus integrantes el sentido profundo del compromiso. Con frecuencia observamos cómo las obligaciones asumidas libremente terminan subordinadas a la conveniencia, al interés personal o a las circunstancias del momento. Sin embargo, existe una antigua reflexión filosófica que puede ayudarnos a comprender mejor la naturaleza de nuestros deberes dentro de la Orden.
El filósofo alemán Immanuel Kant formuló lo que llamó el Imperativo Categórico, un principio moral que, expresado de manera sencilla, sostiene que debemos actuar porque una acción es correcta en sí misma y no por las ventajas o beneficios que podamos obtener de ella. Para Kant, el valor moral de una conducta no radica en sus consecuencias ni en las inclinaciones personales de quien la realiza, sino en la fidelidad al deber.
Esta idea encuentra una sorprendente aplicación en la vida de la Orden. Nadie es obligado a ingresar en ella. La pertenencia es una decisión libre, consciente y voluntaria. Pero precisamente porque es una elección libre, el compromiso que nace de ella adquiere un carácter moral especial. Quien decide formar parte de una institución no solo recibe derechos y beneficios; también acepta responsabilidades que no deberían depender de su estado de ánimo, de sus simpatías personales ni de las circunstancias del momento.
Cuando el deber es sustituido por la conveniencia, la vida institucional comienza a deteriorarse. Asistimos cuando nos resulta atractivo hacerlo, colaboramos cuando el proyecto coincide con nuestros intereses, aceptamos responsabilidades mientras no exijan sacrificios y participamos únicamente cuando las condiciones nos son favorables. Poco a poco, sin advertirlo, dejamos de preguntarnos qué debemos hacer y comenzamos a preguntarnos qué nos conviene hacer.
La prueba propuesta por Kant sigue siendo tan válida hoy como en su tiempo: ¿qué ocurriría si todos actuaran como yo? Si todos decidieran asistir solo cuando les parece oportuno, asumir responsabilidades solo cuando no implican esfuerzo, o cumplir sus compromisos únicamente cuando existe una recompensa visible, difícilmente podría sostenerse la vida de ninguna organización. Las instituciones perduran porque existen personas que cumplen con su deber aun cuando nadie las observe, aun cuando no reciban reconocimiento y aun cuando siempre haya una excusa disponible para justificar la inacción.
La asistencia a las tenidas, la puntualidad, el estudio, el cumplimiento de una comisión, el respeto a las decisiones institucionales o la lealtad a la palabra empeñada no son obligaciones aisladas. Son manifestaciones concretas de un principio más profundo: la convicción de que ciertos compromisos deben honrarse simplemente porque es lo correcto.
Vivimos en una época que exalta los derechos y las preferencias individuales, pero las instituciones se construyen sobre la base de los deberes compartidos. La fortaleza de la Orden no depende únicamente de sus leyes, de sus rituales o de sus estructuras; depende, sobre todo, de la calidad moral de quienes la integran. Allí donde el deber prevalece sobre la conveniencia, la fraternidad se fortalece. Allí donde la conveniencia desplaza al deber, comienza el debilitamiento silencioso de la vida institucional.
Quizás el Imperativo Categórico aplicado a nuestra realidad pueda resumirse en una sola idea: un Caballero de la Luz no cumple con sus compromisos porque sea fácil, porque sea conveniente o porque otros también lo hagan; los cumple porque empeñó su palabra, y porque la palabra dada constituye una cuestión de honor.
Me parece que este enfoque encaja muy bien con la línea de tus trabajos sobre Ser y Pertenecer, porque traslada la discusión desde la mera regularidad o asistencia hacia un plano más elevado: la ética del compromiso y la responsabilidad moral que nace de la pertenencia voluntaria.
COMISION DE CULTURA Y DIVULGACIÓN 
Logia Soles y Rayos de Oriente No 7 OCLU

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