Cada generación intenta apropiarse de Artigas. Unos lo convierten en bandera política; otros lo reducen a una estatua, a una fecha patria o a un conjunto de frases repetidas hasta el cansancio. Sin embargo, el verdadero desafío no consiste en admirar a Artigas, sino en comprenderlo.
Desde la Orden Caballero de la Luz del Uruguay y la Logia Soles y Rayos de Oriente No. 7, creemos que el legado más profundo del Jefe de los Orientales no reside únicamente en sus victorias, en sus campañas militares o en su condición de fundador de la nacionalidad. Su mayor enseñanza fue de naturaleza moral.
La historia está llena de hombres capaces de vencer. Son mucho más escasos aquellos capaces de imponer límites a su propia victoria. Artigas fue uno de ellos.
En tiempos donde la guerra era sinónimo de represalia, saqueo y venganza, dejó una orden que aún hoy conserva una fuerza extraordinaria: “Piedad para los vencidos, curad a los heridos, respetad a los prisioneros”. No se trata de una frase decorativa para los libros de historia. Es una definición de carácter. Es la demostración de que la autoridad puede ejercerse sin perder la humanidad y de que la fuerza carece de valor cuando no está sometida a principios.
Aquella enseñanza trasciende el campo de batalla. También interpela a nuestra sociedad actual. Vivimos en una época donde la discrepancia suele confundirse con enemistad y donde la descalificación reemplaza con demasiada frecuencia al diálogo. Se celebra la derrota del adversario más que la búsqueda de la verdad. Se premia la confrontación antes que el entendimiento.
Artigas nos recuerda una lección incómoda pero necesaria: la superioridad moral no consiste en destruir al que piensa diferente, sino en respetar su dignidad incluso cuando existe desacuerdo. La victoria obtenida a costa de los principios termina siendo una forma de derrota.
Quizás por eso su figura continúa vigente más de dos siglos después. No porque haya sido perfecto, ni porque todas sus decisiones estuvieran libres de error, sino porque comprendió una verdad esencial: ninguna República puede sostenerse únicamente sobre leyes, instituciones o ejércitos. Toda nación depende, en última instancia, de la calidad moral de sus ciudadanos.
La libertad, tan invocada y tan pocas veces comprendida, exige responsabilidad, respeto y virtud. Sin esos pilares, degenera en arbitrariedad. Con ellos, se convierte en una fuerza capaz de construir una sociedad más justa y más humana.
Al recordar un nuevo aniversario del natalicio de José Gervasio Artigas, la mejor forma de honrar su memoria no es repetir su nombre, sino practicar sus principios. Porque los pueblos no se engrandecen cuando producen hombres poderosos; se engrandecen cuando forman hombres capaces de ejercer el poder sin renunciar a la dignidad.
Ese fue, quizás, el verdadero triunfo de Artigas. Y también su legado más perdurable.
COMISION DE CULTURA Y DICULGACION
Logia Soles y Rayos de Oriente No. 7 OCLU
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