La Orden Caballero de la Luz ha sido para mí un espacio de encuentro, de orientación y también de sanación. Pero sería incompleto hablar de la Orden solo desde sus virtudes si no somos capaces de mirar también aquello que, a veces, nos duele o nos inquieta.
Con el tiempo he percibido algo que me genera preguntas: la gran capacidad que tiene la Orden para absorber las disfunciones colectivas de los hombres que la integran. Cuando esas disfunciones aparecen —egos desmedidos, rigideces, disputas menores, interpretaciones excesivamente severas de las normas— la Logia corre el riesgo de dejar de ser una escuela de superación para convertirse, en ocasiones, en un espacio que se vive como una forma de desgaste o incluso de tortura moral.
Y entonces surge una pregunta inevitable:
¿Tiene la Orden el problema, o somos los hombres quienes terminamos deformando la noción de Logia?
Las instituciones fraternas nacen como instrumentos de elevación, pero no están hechas de piedra ni de abstracciones; están hechas de hombres. Y los hombres llegamos con nuestras virtudes, pero también con nuestras limitaciones, nuestras heridas y nuestras obsesiones.
He sentido también que a veces, en nuestro afán por hacer lo correcto, terminamos buscando una especie de perfección moral imposible. Como si la justicia, la rectitud o la disciplina tuvieran que alcanzar un grado absoluto. Sin embargo, con el paso del tiempo he llegado a sospechar que aquello que llamamos “lo correcto” no es necesariamente lo máximo ni lo perfecto; muchas veces es simplemente lo necesario para convivir y avanzar.
Cuando olvidamos esa medida humana de las cosas, la Orden puede perder algo esencial: su condición de escuela de hombres, no de jueces.
Tal vez la tarea más difícil de una fraternidad no sea defender sus símbolos ni repetir sus principios, sino recordar constantemente para qué existen: para ayudar a los hombres a mejorar, no para convertirlos en prisioneros de una perfección que nadie puede sostener.
Si alguna vez la Logia deja de ser un lugar donde los hombres aprenden a crecer, entonces tendremos que preguntarnos con honestidad qué parte de nosotros mismos está contribuyendo a que eso ocurra.
DH.: Eudaldo Ayala Garcia
Soles y Rayos de Oriente No. 7 OCLU
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