Para muchos hombres, la vida transcurre entre obligaciones, silencios y batallas interiores que pocas veces encuentran un espacio legítimo donde ser nombradas. A veces se avanza con el rostro firme y la espalda recta, mientras por dentro se cargan heridas que la vida, el tiempo o las circunstancias han ido dejando.
Para mí, la Orden Caballero de la Luz ha sido más que una institución: ha sido un asidero. Una pauta serena que marca un horizonte y ayuda a caminar cuando el camino se vuelve incierto. En medio de la experiencia migrante —que inevitablemente deja marcas de distancia, nostalgia y reconstrucción personal— la Orden se ha convertido en un espacio donde es posible detenerse, respirar y reencontrarse con uno mismo.
En la fraternidad descubrí algo que no siempre es evidente desde fuera: que muchos de los hombres que se sientan a nuestro lado en una Logia también han sido heridos por la vida. Hombres de bien, dignos y trabajadores, que cargan sus propias historias de pérdidas, sacrificios o desarraigos. Sin embargo, en ese espacio común ocurre algo singular: la pena no se vierte para hundirse, sino para sanar colectivamente.
La fraternidad, cuando es auténtica, permite algo muy humano: darse permiso. Permiso para recomponerse, para volver a levantarse, para reconstruir la propia dignidad desde el acompañamiento silencioso de otros hombres que también están intentando hacer lo mismo.
Quizás ese sea uno de los valores más profundos de la Orden Caballero de la Luz: no solo formar hombres mejores, sino también ofrecer un lugar donde los hombres puedan reparar lo que la vida ha quebrado, sin perder la esperanza ni el propósito.
Porque cuando varios hombres deciden caminar juntos hacia la luz, incluso las heridas más antiguas empiezan, lentamente, a sanar.
DH:. Eudaldo Ayala Garcia.
Soles y Rayos de Oriente No. 7 OCLU
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