En toda institución que se funda sobre principios valores y aspiraciones de elevación humana llega, tarde o temprano, un momento en que la prudencia institucional entra en tensión con la conciencia de sus miembros. No es un fenómeno nuevo ni exclusivo de nuestro tiempo. Las fraternidades, las órdenes iniciáticas y las sociedades morales han enfrentado desde siempre el delicado equilibrio entre preservar la armonía interna y no renunciar a la responsabilidad ética que da sentido a su existencia.
Recientemente se ha recordado a los miembros de la Orden Caballero de la Luz la necesidad de evitar que en nuestros trabajos se “aborden” temas políticos o religiosos, invocando la neutralidad institucional y el respeto a las leyes de los países donde la Orden se encuentra establecida. La intención declarada de tal recordatorio es preservar la armonía fraternal y evitar que conflictos externos fragmenten la institución. A primera vista, el principio parece razonable. Ninguna institución fraternal puede convertirse en un campo de disputa partidista sin poner en riesgo su unidad.
Sin embargo, toda norma que se invoca en abstracto debe ser examinada también a la luz de la historia y del espíritu que dio origen a la institución que pretende proteger. Porque las normas no viven solamente en el papel: viven en la interpretación moral que los hombres hacen de ellas.
La Orden Caballero de la Luz no nació como una simple asociación de sociabilidad neutra. Surgió, en su origen, como una fraternidad comprometida con la educación, con la superación del hombre y con la defensa de valores morales que se consideraban indispensables para el progreso de la sociedad. Su propio nombre es una declaración de principios: Caballeros de la Luz. Y la luz, por definición, no existe para ocultar la realidad sino para revelarla.
A lo largo de la historia de nuestra Orden, muchos de sus miembros participaron activamente en los procesos culturales, cívicos y patrióticos de sus pueblos. No lo hicieron en nombre de banderías partidistas, sino movidos por una convicción profunda: que la formación virtuosa del hombre no puede separarse de su responsabilidad ante la injusticia.
Aquí aparece el verdadero dilema que hoy merece reflexión.
La neutralidad institucional puede ser una herramienta legítima para evitar que la fraternidad se convierta en un espacio de propaganda ideológica. Pero la neutralidad nunca puede confundirse con la renuncia a la conciencia. Cuando una institución que se define por la claridad exige silencio ante hechos que interpelan la dignidad humana, corre el riesgo de vaciar de contenido los principios que dice defender.
El argumento del respeto a las leyes nacionales, invocado con frecuencia en estos contextos, también merece ser examinado con serenidad. Las leyes son necesarias para el orden de la sociedad, pero la historia universal nos recuerda que la legalidad no siempre coincide con la justicia.
Han existido, en todos los tiempos y en todos los países, leyes que legitimaron abusos, desigualdades y opresiones. En esos momentos críticos de la historia, la humanidad ha avanzado precisamente gracias a hombres y mujeres que se atrevieron a recordar que la conciencia moral no puede quedar subordinada por completo a la legalidad política.
Las instituciones fraternales no están llamadas a dirigir revoluciones ni a sustituir a los Estados. Su misión es más profunda y más silenciosa: formar hombres capaces de discernir, de pensar con independencia y de actuar con rectitud. Pero esa misión pierde sentido si se pretende exigir a los miembros que apaguen su juicio moral cada vez que la realidad social se vuelve incómoda.
La fraternidad verdadera no se sostiene sobre el silencio impuesto, sino sobre el respeto a la conciencia de cada hermano. La unidad que nace del miedo a discrepar es frágil; la que nace del reconocimiento mutuo de la dignidad de cada miembro es sólida y duradera.
Por eso, cuando se invoca la neutralidad institucional, conviene recordar que la neutralidad no es una virtud en sí misma. Puede ser prudencia, pero también puede convertirse en indiferencia. Y la indiferencia ha sido, a lo largo de la historia, una de las formas más eficaces de perpetuar las injusticias.
La Orden Caballero de la Luz no necesita convertirse en una tribuna política para mantenerse fiel a su espíritu fundacional. Pero tampoco necesita exigir silencio moral a sus miembros para preservar su armonía.
Entre el ruido de la propaganda y el silencio de la indiferencia existe un espacio más noble: el de la reflexión serena, el de la conciencia despierta y el del compromiso ético que cada hombre asume consigo mismo.
Si alguna vez la prudencia institucional llegara a pedir a los Caballeros de la Luz que apaguen su conciencia para preservar la tranquilidad del momento, sería necesario recordar una verdad simple pero profunda: una Orden dedicada a la luz no puede temer a la claridad.
Porque la luz, cuando es verdadera, no divide: revela.
Y aquello que solo puede mantenerse en la penumbra difícilmente puede llamarse fraternidad.
LP. Javier Alvarez Rodríguez 
Soles y Rayos de Oriente No 7. OCLU

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