Hay una enseñanza silenciosa en los árboles. Crecen hacia arriba buscando la luz, pero nunca alcanzan el cielo; al mismo tiempo hunden sus raíces en la tierra, pero tampoco atraviesan hasta el abismo. Su existencia se desarrolla en un espacio intermedio, hecho de equilibrio, adaptación y paciencia.
Así ocurre también con la vida humana. Con frecuencia imaginamos los procesos de la existencia como ascensos infinitos o caídas irreversibles: triunfos absolutos o fracasos definitivos. Pero la experiencia demuestra otra cosa. Toda obra, toda empresa y todo destino están hechos de avances y retrocesos, de correcciones, de pausas y de nuevos intentos.
La realidad rara vez se mueve en líneas vertiginosas y definitivas; más bien se parece al crecimiento de un árbol: lento, irregular, lleno de estaciones distintas. Hay épocas de expansión, épocas de quietud y también momentos de poda que, aunque duelen, permiten que la vida continúe.
Comprender esto nos devuelve serenidad. Ni el éxito nos eleva hasta lo ilimitado, ni el error nos condena al fondo de todo. Entre ambos extremos se encuentra el verdadero terreno donde se construye la vida: el espacio humano de aprender, corregir y seguir creciendo.
Quizás por eso la sabiduría consiste en recordar siempre que, como los árboles, estamos hechos para crecer… pero también para permanecer arraigados en la tierra que nos sostiene.
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