Hay estupideces inocentes, casi domésticas, que apenas causan un tropiezo menor. Y hay otras más peligrosas, más dañinas, más difíciles de combatir, porque no se presentan como torpeza sino como necesidad. No llegan con rostro de error, sino con el ademán autoritario de lo impostergable. Son esas necedades que se visten de urgencia, se adornan con lenguaje de compromiso y terminan arrastrando a individuos e instituciones enteras hacia decisiones prematuras, improvisaciones vergonzosas y fracasos perfectamente evitables.
Conviene decirlo sin rodeos: una de las formas más comunes de la mediocridad contemporánea consiste en querer resultados antes de haberlos merecido. Peor aún: en exigirlos. Como si el simple deseo equivaliera al mérito. Como si la ansiedad sustituyera al esfuerzo. Como si la impaciencia otorgara derechos que solo el trabajo, la disciplina y la constancia pueden conceder legítimamente.
Vivimos tiempos en los que demasiada gente confunde velocidad con capacidad, visibilidad con mérito y protagonismo con autoridad. Se quiere llegar sin recorrer. Se quiere ser reconocido sin haber servido. Se quiere mandar sin haber aprendido a obedecer principios. Se quiere ocupar espacios para los que todavía no se tiene ni la madurez, ni la formación, ni el espesor moral necesario. Y cuando la realidad, que suele ser menos complaciente que el ego, pone cada cosa en su lugar, entonces se culpa al entorno, a las circunstancias, a las supuestas resistencias ajenas, pero rara vez a la raíz del problema: la pretensión desmedida de cosechar sin haber sembrado.
No es un fenómeno extraño. Es, de hecho, una enfermedad bastante extendida. La cultura de la inmediatez ha hecho creer a muchos que todo proceso serio es un estorbo, que toda espera es una humillación y que toda preparación pausada equivale a una pérdida de tiempo. De ahí nace esa obsesión por “resolver” rápido, por “mostrar” rápido, por “llegar” rápido. Pero la prisa, cuando no está sostenida por competencia, experiencia y sensatez, no es eficiencia: es brutalidad mental. Es atropello. Es una forma apresurada de la estupidez.
Y las instituciones serias, especialmente aquellas que pretenden formar carácter, no pueden rendirse ante esa lógica sin traicionarse a sí mismas.
La Orden no existe para satisfacer el apuro de los impacientes. No fue concebida para premiar el ruido, ni para condecorar la ansiedad, ni para abrirle paso al capricho disfrazado de iniciativa. La Orden, en su sentido más alto, es una escuela de construcción humana. Y toda construcción verdadera exige tiempo. Exige método. Exige prueba. Exige corrección. Exige incluso frustración. Porque nadie crece de verdad sin haber atravesado el límite de sus propias insuficiencias.
Por eso resulta tan nocivo ese tipo humano que vive reclamando frutos cuando aún no ha preparado la tierra. El que se impacienta con los procesos porque, en el fondo, desprecia todo aquello que no lo coloque de inmediato en el centro. El que no quiere aprender, sino figurar. El que no quiere servir, sino ascender. El que no quiere aportar, sino ser visto. El que, incapaz de sostener la lenta dignidad del trabajo, opta por el atajo, por la presión, por la dramatización de una urgencia artificial para justificar su falta de profundidad.
Y ahí es donde el problema deja de ser personal y se vuelve institucional.
Porque cuando una comunidad empieza a ceder ante la urgencia fingida, comienza también a degradar sus criterios. Se asciende a quien no está listo. Se escucha a quien no se ha formado. Se confunde entusiasmo con aptitud. Se llama liderazgo a la simple avidez de poder. Se tolera la improvisación como si fuera creatividad. Se naturaliza el reclamo inmaduro como si fuera conciencia crítica. Y poco a poco, casi sin advertirlo, la seriedad es desplazada por la actuación, el mérito por la apariencia y la construcción paciente por el espectáculo de los que siempre tienen apuro, pero nunca trayecto.
Nunca está de más recordar una verdad elemental que algunos quisieran abolir por decreto emocional: éxito antes que trabajo solo aparece en el diccionario. En la vida real, en la vida digna, en la vida institucionalmente sana, el orden es otro. Primero el esfuerzo. Primero la formación. Primero la disciplina. Primero la renuncia. Primero la capacidad probada. Después, y solo después, el fruto legítimo de lo construido.
Todo lo demás es fantasía, simulacro o abuso.
Hay que cuidarse especialmente de quienes convierten su impaciencia en doctrina. De quienes presentan su incapacidad para esperar como si fuera lucidez. De quienes quieren hacer pasar por “compromiso” lo que no es más que vanidad acelerada. Son peligrosos no solo por lo que hacen, sino por lo que contagian: una atmósfera en la que el sacrificio pierde prestigio, la experiencia empieza a ser vista como estorbo y la prudencia es caricaturizada como debilidad.
Nada más dañino para una Orden que reemplazar la pedagogía del mérito por la complacencia con el apuro.
Porque allí donde ya no se educa para el trabajo, se abre la puerta al resentimiento. Allí donde ya no se enseña a merecer, proliferan los reclamos vacíos. Allí donde ya no se honra el proceso, aparecen los buscadores de rango, los administradores de apariencias, los predicadores del resultado instantáneo. Y detrás de toda esa teatralidad, casi siempre se esconde lo mismo: pobreza de carácter.
No se trata de negar la urgencia cuando esta es real. Las instituciones, como la vida misma, conocen momentos que exigen respuesta rápida, firme y decidida. Pero una cosa es la diligencia y otra muy distinta la precipitación. Una cosa es actuar a tiempo y otra actuar sin fundamento. Una cosa es responder con celeridad y otra correr detrás del propio vacío para que no se note demasiado.
La Orden necesita hombres y mujeres capaces de comprender esa diferencia. Personas que no hagan del apuro un método, ni de la ansiedad una filosofía, ni del deseo un supuesto derecho automático al reconocimiento. Necesita conciencia de proceso, ética del esfuerzo y respeto por la maduración de las cosas. Necesita, en suma, una cultura del merecimiento.
Porque cuando la estupidez se disfraza de urgencia, no solo se cometen errores: se deforman los valores. Se corrompe la noción del trabajo. Se vuelve sospechosa la paciencia. Se desprecia el rigor. Y al final, lo que debía ser una obra de elevación termina convertido en escenario de impacientes que quieren recoger laureles de una siembra que jamás hicieron.
La advertencia, entonces, debe ser clara y sin concesiones: en la Orden no debería haber lugar para el culto al resultado inmerecido. No debería haber espacio para el ascenso sin prueba, para la influencia sin sustancia, para el reclamo sin obra, ni para la urgencia inventada como excusa de quienes nunca aprendieron a construir.
Porque las obras nobles no se improvisan. Se levantan. Y solo permanecen en pie cuando están sostenidas por algo más sólido que el entusiasmo del momento: el trabajo silencioso, la formación paciente y el mérito verdadero.
Lo demás, por mucho que se agite, por mucho que se anuncie, por mucho que se disfrace de imprescindible, sigue siendo lo mismo: estupidez con reloj.
LP:. Javier Alvarez Rodriguez
Logia Soles y Rayos de Oriente No. 7 OCLU

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