«¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!»
Reflexión doctrinal a propósito de las elecciones para el Año Litúrgico 2027
Logia Soles y Rayos de Oriente No. 7, Orden Caballero de la Luz del Uruguay
Hay acontecimientos en la vida de una institución fraternal cuyo verdadero significado no reside tanto en las decisiones que se adoptan como en el espíritu con que estas se producen. Las recientes elecciones de nuestra Logia Soles y Rayos de Oriente No. 7 constituyeron uno de esos momentos excepcionales en los que la fraternidad dejó de ser una aspiración doctrinal para convertirse en una realidad palpable, sincera y profundamente edificante.
El Salmo 133 comienza con una expresión que trasciende los siglos: «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!». No es simplemente una invitación a convivir, sino el reconocimiento de una verdad espiritual: allí donde los hombres consiguen superar sus diferencias sin renunciar a sus convicciones, donde el respeto prevalece sobre la ambición y el afecto sobre la rivalidad, se manifiesta una forma superior de convivencia humana.
Y eso fue, precisamente, lo que vivimos.
Las elecciones pueden despertar expectativas, preferencias y legítimas aspiraciones. Sin embargo, en una institución iniciática, elegir no debería significar dividir, ni aspirar a una responsabilidad convertirse en motivo de confrontación. El ejercicio del sufragio fraternal alcanza su mayor dignidad cuando cada hermano comprende que ningún cargo lo eleva por encima de los demás y que ninguna elección disminuye el valor de quien no resulta elegido.
La verdadera grandeza de una Logia no se mide por la solemnidad de sus ceremonias ni por la autoridad de sus dirigentes, sino por la calidad humana de las relaciones que sus miembros son capaces de construir.
Durante aquella jornada, la calidez de los abrazos, la serenidad de los intercambios, el respeto a la voluntad colectiva y la alegría compartida ofrecieron una enseñanza que difícilmente podría transmitirse con igual profundidad desde una tribuna. No hubo vencedores ni vencidos; hubo hermanos que supieron honrar la confianza mutua y la dignidad de pertenecer a una misma familia espiritual.
El salmista compara esa armonía con el óleo precioso que desciende sobre la cabeza de Aarón y con el rocío del Hermón sobre los montes de Sion. Ambas imágenes evocan consagración, abundancia y bendición. La fraternidad auténtica, como aquel óleo, no permanece detenida en quien dirige: desciende, alcanza y dignifica a todos. Como el rocío, no necesita imponerse con estrépito; fecunda silenciosamente cuanto toca.
Desde la doctrina de la Orden Caballero de la Luz, esta enseñanza adquiere particular relevancia. La Luz que proclamamos no puede reducirse a un símbolo, una consigna o una declaración de principios. Debe expresarse en nuestra conducta, especialmente cuando las circunstancias ponen a prueba la humildad, la tolerancia y nuestra capacidad de reconocer virtudes en los demás.
Porque resulta relativamente sencillo hablar de fraternidad cuando todos pensamos igual. El verdadero desafío consiste en practicarla cuando existen opiniones distintas, aspiraciones diferentes o criterios que no coinciden con los nuestros. Es entonces cuando el hermano demuestra si ha comprendido que la unidad no exige uniformidad y que la lealtad institucional no consiste en seguir a un hombre, sino en servir a un ideal compartido.
Las pasadas elecciones nos dejaron, por tanto, una responsabilidad mayor que la de constituir un nuevo Ejecutivo: preservar el espíritu que hizo de aquella jornada una verdadera celebración de la fraternidad.
Quienes recibieron la confianza de sus hermanos deberán comprender que dirigir es, ante todo, servir. Quienes depositaron su voto deberán continuar acompañando con generosidad, criterio y compromiso. Y todos, sin excepción, estaremos llamados a recordar que los cargos son transitorios, mientras que los vínculos fraternales, cuando se cultivan con nobleza, pueden trascender incluso nuestra propia existencia.
El Salmo 133 concluye afirmando que allí donde existe esa armonía, Dios envía bendición y vida para siempre. Su enseñanza moral resulta inequívoca: una comunidad que aprende a vivir en concordia encuentra en esa misma concordia la fuente de su fortaleza y continuidad.
Que nadie confunda, sin embargo, armonía con ausencia de discrepancias, ni fraternidad con complacencia. Una Logia verdaderamente luminosa es aquella donde puede existir la crítica sin agravio, el desacuerdo sin enemistad y la autoridad sin soberbia.
Si algo debemos conservar de aquella memorable jornada no es únicamente el resultado de las urnas, sino la certeza de que nuestra Orden puede y debe ser ese espacio donde los hombres se encuentran para hacerse mejores, donde la diversidad de pensamientos enriquece y donde el afecto fraternal termina siendo más fuerte que cualquier diferencia circunstancial.
Porque aquella noche no solo elegimos autoridades para el próximo Año Litúrgico. También reafirmamos, con nuestros actos, el sentido más profundo de nuestra pertenencia.
Y cuando los hermanos se abrazan con sinceridad, cuando la voluntad colectiva se acepta con nobleza y cuando la alegría de uno se convierte en alegría de todos, el Salmo 133 deja de ser una lectura circunstancial para convertirse en testimonio vivo.
Que esa sea nuestra mayor victoria. Que esa sea nuestra verdadera Luz.
Porque la fraternidad no se declama: se honra, se cultiva y se demuestra.
COMISIÓN DE CULTURA Y DIVULGACIÓN
Logia Soles y Rayos de Oriente No. 7 OCLU
Be the first to review “BIEN DE LA ORDEN (160): CUANDO SE ENCARNA EL SALMO 133. UNA ELECCION MEMORABLE”