La libertad de no tener todas las respuestas
Hay un momento en la vida en que el hombre comienza a cansarse de las respuestas. No porque haya dejado de creer en aquello que alguna vez defendió, ni porque sus convicciones hayan perdido valor, sino porque ha vivido lo suficiente para comprender que la realidad es demasiado compleja para encerrarla en los límites de una certeza. Entonces, casi sin advertirlo, comienza a experimentar una transformación silenciosa: deja de sentir la necesidad de convencer, de imponer su criterio, de pronunciarse sobre cada acontecimiento o de convertir cada diferencia en una confrontación. No ha perdido el interés por el mundo; simplemente ha comenzado a mirarlo de otra manera.
Quizás la madurez no consista en acumular respuestas, sino en aprender a convivir con aquellas preguntas que todavía no sabemos responder.
Desde pequeños se nos enseña a distinguir lo verdadero de lo falso, lo correcto de lo incorrecto, lo que debemos aceptar y aquello que debemos rechazar. Sin embargo, pocas veces se nos enseña a cuestionar nuestras propias conclusiones. Llegamos a identificarnos tanto con nuestras ideas que terminamos defendiéndolas como si fueran parte inseparable de nuestra identidad. Y así, casi sin darnos cuenta, podemos convertir nuestras convicciones en las mismas cadenas de las que alguna vez pretendimos liberarnos.
¿Pero qué libertad posee una conciencia que no se permite dudar? ¿Qué valor tiene proclamar la independencia del pensamiento si somos incapaces de examinar nuestras propias certezas?
La duda honesta no constituye una debilidad del espíritu. Por el contrario, puede representar una de sus manifestaciones más elevadas. Dudar no significa negar cuanto conocemos, sino reconocer humildemente que nuestro conocimiento es limitado. No toda certeza es sabiduría, como tampoco toda duda es ignorancia. Existen certezas nacidas del prejuicio y dudas que surgen de una profunda responsabilidad moral e intelectual.
Para quienes encontramos en la Orden Caballero de la Luz un espacio de fraternidad y perfeccionamiento humano, esta reflexión adquiere un significado particular. La Luz, como símbolo del conocimiento, la virtud y la elevación de la conciencia, no debería entenderse como una posesión ni como un privilegio que nos sitúa por encima de los demás. Nadie se vuelve más luminoso por proclamarse dueño de la verdad, ni alcanza mayor dignidad moral porque consiga que otros acepten sus opiniones.
La Luz no necesita imponerse para existir. Su verdadera grandeza reside en permitirnos ver, incluso aquello que preferiríamos ignorar de nosotros mismos.
Resulta relativamente sencillo reconocer la intolerancia ajena, pero mucho más difícil descubrirla cuando se esconde detrás de nuestras convicciones. Es fácil hablar de fraternidad entre quienes comparten nuestras ideas; el verdadero ejercicio fraternal comienza cuando somos capaces de reconocer la dignidad de quien piensa diferente. Porque la Luz que únicamente ilumina nuestras propias razones corre el riesgo de convertirse, paradójicamente, en una nueva forma de oscuridad.
Vivimos, además, en una época que parece exigirnos una posición inmediata ante casi todo. Debemos aprobar o condenar, aceptar o rechazar, pertenecer a uno u otro extremo de cualquier discusión. La prudencia suele confundirse con indecisión, el silencio con indiferencia y la negativa a emitir un juicio precipitado con falta de carácter. Sin embargo, existe una diferencia profunda entre carecer de principios y negarse a juzgar aquello que todavía no comprendemos suficientemente.
No sentir la necesidad de decir sí ni de decir no ante cada circunstancia puede constituir una expresión legítima de libertad interior. Puede significar que preferimos observar antes de sentenciar, escuchar antes de responder y comprender antes de condenar. Naturalmente, esta actitud no debe confundirse con indiferencia moral. Existen injusticias que reclaman nuestra oposición, sufrimientos que exigen solidaridad y circunstancias en las que guardar silencio equivaldría a abandonar nuestros principios. Pero tampoco necesitamos combatir cada idea que no compartimos para demostrar fidelidad a nuestras convicciones.
El verdadero desafío consiste en distinguir cuándo debemos actuar con firmeza y cuándo necesitamos detener nuestro juicio para comprender mejor.
Hay una pregunta que acompaña al ser humano desde la infancia y que, curiosamente, muchos parecen abandonar al alcanzar la madurez: ¿por qué? Una pregunta sencilla, pero extraordinariamente incómoda cuando decidimos dirigirla hacia nosotros mismos. ¿Por qué pensamos como pensamos? ¿Por qué nos ofende que alguien cuestione nuestras ideas? ¿Por qué necesitamos tener razón? ¿Por qué nos resulta más fácil juzgar las contradicciones ajenas que reconocer las nuestras?
Preguntarse sinceramente exige valor, porque supone aceptar la posibilidad de estar equivocados. Y reconocer un error, modificar una opinión o admitir que alguien a quien considerábamos adversario puede enseñarnos algo verdadero requiere una fortaleza que no siempre acompaña a quienes hablan con mayor seguridad.
La pertenencia a una institución de elevados ideales no nos convierte automáticamente en hombres virtuosos. Los principios pueden proclamarse con facilidad; vivir conforme a ellos constituye una tarea mucho más exigente. Podemos hablar de tolerancia y reaccionar con hostilidad ante la discrepancia. Podemos defender la libertad mientras pretendemos dirigir la conciencia ajena. Podemos invocar la fraternidad y olvidarla precisamente cuando más necesaria resulta.
Por eso considero que el perfeccionamiento moral no consiste en presentarnos como hombres terminados, incapaces de equivocarnos, sino en reconocer que somos una obra permanentemente inconclusa. No basta con llevar la Luz como símbolo; es necesario permitir que ilumine nuestras propias sombras.
Con los años he comenzado a comprender que el mundo no tiene la obligación de parecerse a mí. Que cada persona carga una historia que desconozco, que detrás de muchas convicciones existen experiencias, heridas, temores y esperanzas que jamás alcanzaré a comprender por completo. Y que mi interpretación de la realidad, por sincera que sea, no deja de ser una perspectiva limitada frente a la inmensidad de cuanto existe.
Esto no significa renunciar a mis valores ni abandonar aquello que considero justo. Significa intentar sostener mis principios sin convertirlos en instrumentos para dominar la voluntad de otros. Puedo defender la libertad sin exigir que todos la ejerzan como yo; puedo buscar la verdad sin pretender convertirme en juez permanente de quienes recorren caminos diferentes.
No estoy interesado en moldear el mundo a mi voluntad. No siento la necesidad de decir sí ni de decir no ante cada circunstancia. No busco imponer verdades ni defender certezas por el simple hecho de considerarlas mías. Prefiero conservar la capacidad de observar, escuchar, dudar y, cuando sea necesario, cambiar.
Tampoco pretendo que esta manera de comprender la existencia se convierta en una verdad para los demás. Sería profundamente contradictorio intentar imponer una reflexión que precisamente nace de la necesidad de no imponer.
Quizás algunas preguntas nos acompañen durante toda la vida sin concedernos respuestas definitivas. Y tal vez eso no represente un fracaso. Puede que su verdadero valor resida en mantener despierta nuestra conciencia, impedir que confundamos la costumbre con la verdad y recordarnos que siempre existe algo más por aprender.
Si algo encuentro en esta postura que armoniza con mi condición de Caballero de la Luz, es la convicción de que la verdadera elevación moral comienza cuando dejamos de sentirnos superiores por aquello que creemos saber y reconocemos humildemente todo cuanto todavía ignoramos.
Porque la Luz no debería enseñarnos a sentirnos superiores a quienes caminan en la oscuridad. Debería enseñarnos a caminar con mayor humildad, conscientes de que nosotros también necesitamos ser iluminados.
Al final, cuando desaparezcan los títulos, los cargos, las discusiones y las pequeñas victorias del orgullo, quizás lo importante no sea cuántas veces tuvimos razón, sino cuánto fuimos capaces de comprender, cuánto aprendimos a respetar y cuánto bien hicimos sin necesidad de imponer nuestra voluntad.
No aspiro a tener la última palabra. Aspiro a no perder nunca la capacidad de formular la siguiente pregunta: ¿por qué?
—
LP. Javier Álvarez Rodríguez
Orden Caballero de la Luz del Uruguay
Logia Soles y Rayos de Oriente No. 7

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