A veces la nobleza de ciertas palabras termina convirtiéndose en un peligro, sobre todo cuando acomodados en esa virtud dejamos de preguntarnos qué significan. Igualdad es una de ellas. Repetida como principio incuestionable, puede llevarnos a creer que toda diferencia constituye una injusticia y que obrar correctamente consiste, necesariamente, en dar a todos lo mismo, exigir a todos lo mismo y reconocer a todos de idéntica manera. Pero una institución que pretende ser escuela de virtud no puede permitirse una interpretación tan cómoda.
La igualdad reconoce una dignidad esencial: ante nuestros principios, ningún Caballero debería valer más por su fortuna, profesión, apellido, procedencia o posición social. Esa igualdad dignifica y fraterniza. Pero de ahí no se desprende que todos hayamos realizado iguales esfuerzos, asumido idénticas responsabilidades, demostrado el mismo compromiso o prestado semejantes servicios a la Orden.
Ahí comienza el territorio de la equidad.
Ser equitativos no significa establecer privilegios ni fabricar categorías de hombres superiores e inferiores. Significa reconocer las diferencias que objetivamente existen y obrar con justicia frente a ellas. Porque tan injusto puede ser negar una oportunidad a quien la merece como conceder el mismo reconocimiento a quien nada hizo para merecerlo. Tan equivocado es discriminar arbitrariamente como borrar deliberadamente las diferencias entre el mérito y la indiferencia, entre el servicio y la comodidad, entre quien construye y quien simplemente ocupa un lugar.
Existe un falso buenismo institucional que, pretendiendo no incomodar a nadie, termina perjudicando a todos. Es aquel que confunde fraternidad con ausencia de exigencia; tolerancia con permisividad; inclusión con renuncia al mérito; igualdad con uniformidad. Bajo esa lógica, corregir parece agresión, distinguir parece discriminación y exigir parece falta de fraternidad. El resultado puede parecer amable, pero doctrinalmente es devastador: si todo esfuerzo obtiene idéntica consideración, esforzarse pierde valor; si toda conducta recibe idéntico trato, la responsabilidad se diluye; si mérito y desmérito terminan en el mismo sitio, la justicia deja de existir aunque continuemos pronunciando su nombre.
La Orden Caballero de la Luz no fue concebida para igualarnos hacia abajo, sino para estimularnos a elevarnos. Una escuela iniciática y fraternal tiene sentido precisamente porque reconoce que el ser humano puede perfeccionarse, aprender, servir, rectificar y conquistar por sus actos aquello que todavía no posee. Negar esas diferencias en nombre de una supuesta igualdad sería negar también el valor educativo de la propia institución.
Somos iguales en dignidad, pero no necesariamente iguales en mérito. Somos hermanos, pero la fraternidad no elimina la responsabilidad individual. Tenemos derecho a ser escuchados y respetados, pero ningún derecho fraternal debería transformarse en licencia para exigir reconocimientos que solamente el trabajo, la conducta y el servicio pueden legitimar.
Quizás por eso la pregunta que debemos hacernos no sea simplemente si estamos tratando a todos por igual. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿estamos siendo justos?
Porque cuando la igualdad desconoce las diferencias legítimas, puede convertirse en injusticia. Y cuando la equidad reconoce dignidad, mérito, necesidad y responsabilidad sin favoritismos, deja de ser una concesión para convertirse en lo que siempre debió ser: Justicia puesta en práctica.
COMISION DE CULTURA Y DIVULGACIÓN 
Logia Soles y Rayos de Oriente No 7 OCLU

There are no reviews yet.

Be the first to review “BIEN DE LA ORDEN (159): IGUALDAD O EQUIDAD: cuando tratar a todos igual termina siendo injusto”

Your email address will not be published.

Calidad del artículo