En la vida fraternal, hay enemigos visibles y otros que se camuflan bajo el velo de la costumbre o la apatía. La desidia pertenece a esta última clase: no grita, no confronta, no traiciona abiertamente… simplemente deja de hacer. Y con ese silencio cómplice, apaga poco a poco la llama que tantos juraron mantener encendida.
Un Caballero de la Luz que se acostumbra a la inercia, que no se indigna ante el abandono del deber, que deja pasar lo incorrecto por comodidad o indiferencia, está dejando un espacio vacío que otros —menos comprometidos, menos virtuosos— ocupan sin resistencia. La desidia es la renuncia disfrazada de prudencia, es la tibieza que no construye ni destruye, pero que oxida lentamente las columnas del Templo.
Recordemos que esta Orden se fundó sobre pilares de acción, virtud y vigilancia permanente. Que no nos venza el desgaste del tiempo ni la ilusión de que “otro lo hará”. Quien no actúa, renuncia. Y quien renuncia sin declararlo, traiciona.

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