En el camino del deber, el honor y la Lealtad, no hay gesto más contrario a nuestros principios que el rechazo. Porque el rechazo no solo margina al otro: oscurece nuestra propia lámpara. Duele en quien lo recibe, pero también empobrece a quien lo ejerce.
La atención, en cambio, es una forma de juramento silencioso. Cada vez que atendemos, que escuchamos, que reconocemos a un hermano o a una hermana en su humanidad, renovamos nuestro compromiso con la Educacion, la Benevolencia y la Fraternidad. La atención no es cortesía: es presencia consciente, es un acto de Luz.
El rechazo lastima porque niega el vínculo.
La atención jura porque lo consagra.
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