Ninguna relación puede sobrevivir cuando nos hemos perdido a nosotros mismos, porque toda forma de encuentro humano parte de una premisa sencilla y contundente: solo puede darse entre dos presencias, no entre ausencias. Cuando una persona se diluye para complacer, sostener, evitar conflictos o adaptarse más allá de sus límites, deja de ser un sujeto y se convierte en una sombra. Y una relación sostenida por sombras carece de la materia mínima para perdurar.

Perderse a uno mismo no siempre ocurre de golpe; muchas veces es un proceso lento, casi imperceptible, hecho de pequeñas renuncias, silencios impuestos y concesiones que parecen inocentes. Pero cada renuncia forzada es un ladrillo retirado del propio fundamento. Cuando ese cimiento se debilita, la relación que se apoyaba sobre él también comienza a tambalear. Lo que suele interpretarse como crisis de pareja o conflicto interpersonal suele ser, en su raíz, una crisis de identidad: nadie puede ofrecer estabilidad desde la inestabilidad interior.
Solo cuando cada individuo se mantiene entero—con convicciones, límites, deseos y un espacio propio—puede surgir un vínculo auténtico. Una relación madura no exige sacrificios que anulen al otro, sino acuerdos que permitan que ambos crezcan sin perder su centro. Por eso, la tarea no es sostener la relación a cualquier precio, sino sostenernos a nosotros mismos para que la relación tenga a quién sostener. Allí donde uno se preserva, el vínculo encuentra verdaderamente la posibilidad de sobrevivir.

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