La herencia es, en esencia, un error de cálculo: creemos que podemos prolongarnos en lo que dejamos, como si los bienes, los nombres o los objetos garantizaran continuidad. Pero todo aquello que entregamos está sujeto a la interpretación, al uso y al deseo de otros. Lo que para quien hereda es oportunidad, para quien legó suele ser ilusión de permanencia.
El cálculo falla porque la herencia no asegura destino, apenas transfiere posesión. Ningún legado garantiza sentido. Los hijos no repiten a los padres; las instituciones no honran siempre a sus fundadores; el futuro no obedece a los planes del pasado. Creer que heredamos lo que fue es tan ingenuo como pensar que quien recibe comprenderá las razones de quien entrega.
Sin embargo, en ese mismo error de cálculo se esconde la única posibilidad de trascender: no en lo que dejamos materialmente, sino en lo que transmitimos como acto. La verdadera herencia no es lo que se dona, sino lo que se inspira. Lo demás —casas, títulos, objetos, dinero o nombres— pertenece al archivo de los malentendidos previstos.
LP:. Javier Alvarez Rodriguez.
Logia Soles y Rayos de Oriente No. 7 OCLU
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