A veces creemos que la vida nos pertenece. Decimos mi casa, mi dinero, mi familia, mis sueños, mi tiempo. Construimos castillos de certezas alrededor de cosas que, en realidad, solo están de paso por nuestras manos.
Cuenta una antigua historia que, al morir un hombre, vio acercarse a Dios con una pequeña maleta.
—Es hora de partir —le dijo Dios con serenidad.
El hombre, sorprendido, preguntó:
—¿Tan pronto? Aún tenía tantos planes…
Dios solo sonrió con tristeza.
Intrigado, el hombre señaló la maleta:
—¿Qué llevas ahí?
—Tus pertenencias.
Entonces comenzó a preguntar con ansiedad:
—¿Mi dinero? ¿Mis bienes? ¿Mi ropa?
—Eso nunca fue tuyo —respondió Dios—. Solo pertenecía a la tierra.
—¿Mis recuerdos?
—Eran del tiempo.
—¿Mis talentos?
—Eran de las circunstancias.
—¿Mi familia y mis amigos?
—Eran compañeros de camino.
—¿Mi esposa? ¿Mis hijos?
—Eran parte de tu corazón, no de tu posesión.
—¿Mi cuerpo?
—Era polvo prestado.
El hombre, temblando, hizo la última pregunta:
—Entonces… ¿mi alma?
—Esa nunca fue tuya. Esa es mía.
Desesperado, abrió la maleta pensando encontrar al menos algo suyo. Pero estaba completamente vacía.
Con los ojos llenos de lágrimas murmuró:
—¿Entonces nunca tuve nada?
Y Dios respondió:
—Tuviste algo que nadie pudo quitarte jamás: cada instante vivido. Los momentos fueron lo único verdaderamente tuyo.
El hombre guardó silencio. Y comprendió, demasiado tarde, que había pasado la vida aferrándose a cosas pasajeras, olvidando vivir lo esencial.
Moraleja:
Nada material nos pertenece para siempre. La vida no se mide por lo que acumulamos, sino por los momentos que amamos, compartimos y disfrutamos. Porque al final, la única riqueza real son los instantes vividos con sentido y felicidad.
COMISION DE CULTURA Y DICULGACION
Logia Soles y Rayos de Oriente No. 7 OCLU
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