¿Neutralidad o Silencio Cómplice? La Orden Caballero de la Luz, desde su fundación en 1873, ha proclamado con solemnidad su vocación ética y espiritual, inspirada en la virtud, la honradez, la igualdad y la humanidad. Su Declaración de Principios no es un adorno retórico ni un vestigio del pasado, sino el cimiento moral sobre el cual se ha erigido toda su labor fraternal. No obstante, hoy más que nunca urge preguntarnos: ¿estamos siendo fieles a esos principios?
En distintos espacios de la Institución se ha instalado —y en algunos casos impuesto— una postura que prefiere la indiferencia ante los abusos del poder, en especial frente a regímenes autoritarios como el cubano. Se apela, para justificar esta inercia, a una mal entendida “neutralidad” institucional, como si el compromiso con la humanidad nos obligara a mirar al costado cuando nuestros semejantes son reprimidos, encarcelados o condenados al silencio.
Pero la Declaración de 1874 es clara: “solo un objeto: hacer el bien, solo una corona: la Virtud, solo una bandera: la humanidad.” ¿Cómo entonces puede la Orden desentenderse de las realidades donde la humanidad es humillada? ¿Acaso no implica “hacer el bien” también denunciar el mal cuando este se convierte en sistema? ¿No es la defensa de la verdad —como enseñó Don José de la Luz y Caballero— una obligación moral frente a la injusticia?
El principio de reverencia a un Ser Supremo y de obediencia a las leyes del país no puede usarse como escudo para justificar la pasividad ética. Mucho menos cuando esas leyes son herramientas de opresión, y esas autoridades, verdugos de la conciencia ciudadana. La Declaración no propugna obediencia ciega, sino una ética lúcida: “la caridad, el honor, la indulgencia, la tolerancia, la amistad, la humildad y la cortesía” no son principios vacíos, sino acciones concretas frente al sufrimiento humano.
La Orden no es —ni debe ser jamás— apéndice del poder, ni rehén de lo políticamente correcto. Su esencia está en defender la dignidad humana allí donde esta se vea vulnerada. Callar frente a la represión, la censura o la miseria impuesta, no es neutralidad: es complicidad. Y ninguna doctrina fraternal legítima se sustenta sobre el miedo o el acomodo.
Si queremos honrar verdaderamente el legado de los fundadores, debemos comprender que su Declaración de Principios no es solo un texto para ceremonias, sino un llamado vivo a la acción moral. Ser Caballero de la Luz no es una condecoración: es una responsabilidad. Y esa responsabilidad comienza por no abdicar jamás del deber de alzar la voz frente al atropello, venga de donde venga.
LP:. Javier Alvarez Rodriguez
Soles y Rayos de Oriente No. 7, OCLU.
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