En la vida fraternal, como en la existencia misma, existen dos tipos de caminantes: los turistas y los viajeros. Los primeros son aquellos que pasean por la Orden como quien recorre una exposición de símbolos sin comprender su lenguaje. Su mirada es cosmética, superficial, más preocupada por la forma que por el fondo. Se detienen a admirar la arquitectura moral sin entrar jamás en sus habitaciones. Les atrae la pertenencia, pero rehúyen el compromiso; gustan del reconocimiento, pero temen al trabajo silencioso; prefieren los títulos a las responsabilidades y la opinión a la reflexión. Son los que coleccionan momentos sin construir memoria, los que confunden presencia con participación y asistencia con crecimiento. Su paso deja ruido, pero no huella.
El viajero, en cambio, no busca la comodidad de lo conocido, sino la transformación que nace de andar. Antes de emprender el viaje sabe que nada saldrá como lo planeó y que el trayecto lo modificará hasta hacerlo otro. Viajar, en el sentido luminoso del término, es aceptar el desconcierto, la duda, la contradicción y la fatiga del alma como parte del aprendizaje. El viajero de la Luz comprende que toda iniciación es una renuncia, y que avanzar implica dejar atrás la vanidad, el juicio fácil y el hábito de mirar a los demás antes que a sí mismo. No entra a la Orden para ser visto, sino para ver; no busca luz para lucirse, sino para iluminar. Sabe que los símbolos no son adornos, sino llaves; que los ritos no son rutinas, sino caminos; y que la fraternidad no es un grupo de afinidad, sino un pacto de construcción interior.
Cuando en la Orden predominan los turistas, se instala una quietud engañosa: los templos están llenos, pero el pensamiento vacío; la palabra abunda, pero la acción escasea; se confunde el protocolo con la doctrina y la opinión con la verdad. En cambio, cuando los viajeros toman el rumbo, la Orden se mueve, respira y se renueva. Cada taller se convierte en escuela, cada logia en un puerto de tránsito donde las ideas se contrastan y las almas se afinan. El verdadero poder de la fraternidad no reside en la cantidad de voces que repiten, sino en la calidad de las conciencias que se transforman. El viajero sabe que la Luz no se recibe, se conquista; que no se hereda, se cultiva; y que no se declama, se encarna.
Quizá la diferencia más profunda entre el turista y el viajero radique en lo que esperan del camino. El turista busca llegar, el viajero sabe que nunca se llega del todo. El primero colecciona insignias, el segundo acumula silencios. Uno se llena de fotos, el otro de preguntas. Y al final, cuando ambos regresan al punto de partida, sólo el viajero comprende que ese punto ya no existe, porque ha cambiado él, ha cambiado la mirada y, en consecuencia, ha cambiado el mundo. Esa es la esencia de la experiencia iniciática: un viaje sin retorno a la versión más consciente de uno mismo.
Ser Caballero de la Luz es, entonces, decidir entre el paseo y el camino, entre la pose y la búsqueda, entre la curiosidad y la transformación. Porque la Orden no es un destino turístico donde se exhibe el ego, sino un territorio de tránsito donde el alma aprende a servir, a pensar y a amar con lucidez. Los turistas pasarán, como pasan los días; los viajeros quedarán, como queda la Luz en quien la ha comprendido.
LP:. javier Alvarez Rodriguez
Logia Soles y Rayos de Oriente No.7 OCLU

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