En toda institución fundada sobre ideales de fraternidad, siempre habrá quienes —sin malicia consciente— confunden la entrega con la posesión, la constancia con el dominio, y el deber con la omnipotencia del propio yo.
A ese fenómeno lo podríamos llamar yoísmo, una enfermedad silenciosa del espíritu que transforma el servicio fraternal en escenario del ego.
El yoísta no suele ser escencialmente el perezoso, ni el ausente: al contrario, es el más activo, el más puntual, el más laborioso. Pero su acción, aunque parezca fervor, está intoxicada de una convicción íntima: que su manera de ver, sentir o hacer es la única posible.
Y así, bajo el ropaje del amor fraternal, comienza a cribar la realidad a través de su propia emoción.
Todo lo que no se ajusta a su ritmo, le parece tibio; todo lo que no arde como él, le parece indiferente; todo lo que no se subordina, lo siente como amenaza.
Suelen además quejarse en privado, autoproclamándose incomprendidos, víctimas del desinterés ajeno o de una supuesta falta de compromiso en los demás.
Desde esa posición de aparente sacrificio, tejen consensos, manipulan empatías y fabrican silencios, para luego mostrarse implacables con lo diferente.
Condenan no lo que es malo, sino lo que simplemente no comprenden.
Y al hacerlo, minan la convivencia, pues logran que el deber se vuelva dogma, y la fraternidad, un campo de obediencias.
El yoísmo es peligroso porque se disfraza de virtud.
Se muestra como sacrificio, pero exige reconocimiento.
Predica tolerancia, y empatia, pero la practica solo con quien le replica el eco.
Y cuando el taller se llena de su energía, la fraternidad deja de ser un círculo de Luz compartida para convertirse en un reflector incandecente.
En la escala del ego, los peores no son los perezosos, sino los intolerantes laboriosos: aquellos que, rebosando el límite de lo funcional, arrasan con la armonía bajo el argumento del deber.
Ellos “hacen por todos”, pero acaban aniquilando al otro, exigiendo obediencia a su verbo y sometimiento a su ritmo.
No destruyen desde la inacción, sino desde el exceso. Y lo más trágico: están convencidos de estar salvando la Orden.
El antídoto no es el silencio ni la pasividad, sino la humildad lúcida: recordar que el deber fraternal no se mide en horas de trabajo ni en decibelios de voz, sino en la capacidad de compartir la virtud propia, sin apagar la ajena.
Solo cuando aprendamos a actuar sin reclamar el trono del mérito, la Orden volverá a ser una escuela de almas y no una arena de egos.
COMISION DE CULTURA Y DIVULGACION
Logia Soles y Rayos de Oriente No.7 OCLU
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