Ninguna relación —ni amorosa, ni fraternal, ni social— puede sobrevivir cuando uno se pierde a sí mismo en el intento de sostenerla. Cuando dejamos de reconocer nuestros límites, nuestra voz y nuestra coherencia, comenzamos a existir solo en función del otro, y esa entrega, lejos de fortalecer el vínculo, lo condena al desgaste y a la confusión. Amar o convivir no debería significar desaparecer.
Hacer apología de lo mal hecho, defender lo indefendible solo porque nos sentimos aludidos ante una crítica o señalamiento, es una forma de negar el crecimiento. Reconocer el error es un acto de madurez; justificarlo, en cambio, es perpetuar la falta y desplazar la responsabilidad. Nadie evoluciona mientras se aferra a su propia versión del error.
Tal vez, en el fondo, la reacción que creemos justa no sea más que el reflejo de nuestro orgullo herido. Porque a veces no nos molesta tanto la falta señalada, sino el espejo que la muestra. Y mientras sigamos reaccionando desde la herida y no desde la comprensión, seguiremos confundiendo defensa con dignidad, y el ego con la verdad.
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