En la Orden Caballero de la Luz, como en toda institución que cuenta años bajo el peso de sus propias certezas, abundan hoy figuras que, al mismo tiempo que cuestionan la utilidad, finalidad y hasta la razón de ser de su Logia, presumen de una sensibilidad social que rara vez se sostiene en hechos reales, profundos y transformadores. Es el fenómeno del pelotero a su bola: aquel hermano que se siente autorizado a juzgar el terreno entero, pero que no corre una base; que opina sobre todo, menos sobre sí mismo; que golpea el pecho preguntando por el sentido de la Logia mientras evita cuidadosamente preguntarse por su propio sentido dentro de ella.
Paradójicamente, muchos de estos discursos que parecen críticos no constituyen un llamado al cambio, sino una coartada para justificar la apatía, la desidia, la falta de compromiso y la ausencia de disciplina. La Logia aparece entonces como la culpable de todos los males: inoperante si no hace, incoherente si intenta, lenta si delibera, irrelevante si trabaja en silencio. Nada es suficiente para quien nunca está presente. La crítica se convierte en un mecanismo de evasión: si la Logia no funciona ―dicen― ¿para qué esforzarse? Y así, la profecía se cumple, porque la inasistencia alimenta la inercia, y la inercia refuerza la idea de que no vale la pena asistir.
Mientras tanto, los mismos que consideran la Tenida un espacio prescindible se adhieren con entusiasmo casi infantil a campañas extramuros de todo tipo, de cualquier género, denominación o procedencia, siempre que lleven la etiqueta de “bueno”, “bonito” o “benéfico”. Como si toda acción que provenga de fuera fuera automáticamente virtuosa, y toda acción que deba discutirse adentro fuera inevitablemente sospechosa. Sin análisis, sin contrapeso, sin método. Basta que llegue una idea “por cualquier esquina” para batearla con fervor hacia cualquier destino. Lo importante no es el impacto de la acción, sino la apariencia del gesto.
Ahí se revela el verdadero problema: una forma moderna de indulgencia fraterna. Sacar unas monedas de vez en cuando —como quien paga un streaming o deposita una limosna rápida para aliviar la conciencia— reemplaza el compromiso profundo y sostenido de ser y pertenecer. Lo rápido sustituye a lo necesario. El aplauso externo sustituye a la responsabilidad interna. Y la Logia, incapaz de competir con este mercado emocional de incentivos fáciles y superficiales, queda reducida a la categoría injusta de institución “inoperante”. Pero ¿no será que lo inoperante es la voluntad del hermano que no quiere asumir que pertenecer implica disciplina, estudio, asistencia y corresponsabilidad?
Porque la Tenida no es un trámite ni un requisito formal: es el taller donde las ideas se pulen, donde se separa lo impulsivo de lo sensato, donde se decide qué proyectos valen la pena, cómo se sostienen y cómo se transforman en herramientas para servir mejor. Cuando las propuestas no se concretan, no es culpa de la Logia sino del divorcio entre la emoción de proponer y la voluntad real de ejecutar. Si la chispa inicial no se alimenta con trabajo fraterno, planificación y continuidad, acaba siendo poco más que una llamarada de redes sociales: intensa, visible… e inútil.
La frustración que viene después no solo es predecible: es peligrosa. Porque ese estado emocional —mezcla de desencanto, resignación y reproche— termina minando aún más la asistencia, debilitando la institución y perpetuando el ciclo vicioso de la inacción disfrazada de crítica. Y lo más grave: la responsabilidad individual se lava, y con ella la responsabilidad colectiva. La Orden se vuelve, para muchos, un espacio simbólico que se “visita” pero no se “habita”. Un lugar al que se le exigen resultados sin entregar esfuerzo. Una casa a la que se llega como huésped, no como el constructor de todas las estaciones.
El pelotero a su bola no es un hermano malo: es un hermano desorientado. Confunde acción con activismo impulsivo, compromiso con gestos aislados, fraternidad con simpatía, utilidad con exhibicionismo moral. Cree que “ser bueno afuera” alcanza para justificar “no estar adentro”. Y no comprende que la Logia no necesita fuegos fatuos: necesita luz, presencia, método y continuidad. Necesita menos peloteros y más artesanos; menos carreras hacia ninguna parte y más pensamiento que se traduzca en práctica verdadera.
Quizás la pregunta central no sea qué tan operante es la Logia, sino qué tan operantes estamos dispuestos a ser nosotros dentro de ella. Porque ninguna institución renace por decreto ni por ilusión: renace cuando sus miembros dejan de tirar pelotas al viento y comienzan a construir, juntos, el campo donde vale la pena jugar.
COMISION DE CULTURA Y DIVULGACION
Logia Soles y Rayos de Oriente No.7 OCLU
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