Aterriza, no porque no puedas volar, sino porque alguien te serrucha el cielo
En toda institución —y la Orden no es excepción— existe una fauna particular: los amputadores de alas. No son enemigos declarados ni adversarios ideológicos. No levantan la voz ni chocan de frente. Operan más sutilmente: ejecutan la ilusión y asesinan el incentivo. Son expertos en frustrar el impulso de aquellos hermanos que, con imaginación, energía y visión, quieren mover la institución hacia adelante.
A estos “conservadores del miedo” no les preocupa que la fantasía sea excesiva, sino que el cambio sea posible. Porque un hermano que propone, crea, piensa y sueña deja en evidencia al que no hace nada. Su vuelo es incomodidad, no inspiración. Por eso buscan aterrizarlo antes de que despegue: no corrigen la idea, corrigen al hermano. No debaten el proyecto, cuestionan la motivación. No analizan el camino, siembran duda sobre el caminante.
El estigma que imponen es silencioso pero feroz:
“No vueles demasiado, no sueñes demasiado, no propongas demasiado.”
Ese mandato tácito coloca a los creativos en modo supervivencia animal: dudan de su impulso, retraen su imaginación, empiezan a pedir permiso para pensar y terminan convencidos de que su entusiasmo es una amenaza y no un aporte.
Pero el problema no es la fantasía.
El problema es la alergia al movimiento.
Porque una Logia sin imaginación es un taller sin herramientas: solo produce rutina. Y una institución donde unos pocos deciden quién puede volar y quién debe arrastrarse no es conservadora: es castrante.
El verdadero equilibrio no está en amputar alas ni en volar sin rumbo, sino en permitir que quien ve más lejos pueda ayudar a quien ve menos, y que la creatividad no sea tratada como un peligro, sino como parte del combustible institucional.
A veces, aterrizar no es un acto de humildad: es una sentencia impuesta por quienes tienen miedo de mirar el cielo.
COMISION DE CULTURA Y DICULGACION
Logia Soles y Rayos de Oiente No.7 OCLU
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