Una reflexión desde la Orden Caballero de la Luz
Toda institución necesita organización, y toda organización necesita jerarquías. La Orden Caballero de la Luz no constituye una excepción. Sus dignidades, cargos, reglamentos y estructuras existen porque ninguna obra colectiva puede sostenerse únicamente sobre voluntades individuales. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre poseer poder y ejercer autoridad, y confundir ambas cosas puede convertirse en una de las enfermedades más silenciosas de cualquier institución iniciática.
El poder procede del cargo. La autoridad, del ejemplo.
Un nombramiento, una elección o una disposición reglamentaria pueden otorgar a un hermano facultades para convocar, dirigir, representar, disponer o decidir. Desde ese instante posee legítimamente un determinado poder institucional. Pero ninguna elección, decreto, diploma o investidura puede otorgarle automáticamente autoridad moral.
Porque el poder se recibe; la autoridad se conquista.
La autoridad nace de la correspondencia entre la palabra y la conducta; de la prudencia para decidir, la justicia para juzgar, la humildad para rectificar y, sobre todo, de la disposición para cumplir aquello mismo que se exige a los demás.
Por eso puede existir poder sin autoridad y autoridad sin poder.
Existen hombres investidos de grandes facultades que necesitan recordar permanentemente el cargo que ocupan para conseguir obediencia. Y existen otros que, sin poseer dignidades relevantes, consiguen algo mucho más difícil: que los demás deseen escucharlos. Los primeros pueden obtener cumplimiento; los segundos han conquistado respeto.
Esta diferencia resulta especialmente importante dentro de una institución iniciática.
La Orden no existe simplemente para administrar estructuras, celebrar reuniones o preservar cargos. Existe fundamentalmente para formar hombres. Por tanto, sus jerarquías deberían expresar en grado creciente aquello que la propia Orden pretende enseñar.
Quien recibe una dignidad no recibe un privilegio sobre sus hermanos, sino una responsabilidad mayor frente a ellos.
El verdadero dirigente no debería necesitar demostrar constantemente que manda. Cuanto mayor sea su autoridad, menor será probablemente su necesidad de exhibir poder. Su conducta hablará antes que sus títulos y su ejemplo llegará antes que sus órdenes.
Aquí aparece también el delicado problema de la obediencia.
Una institución iniciática necesita disciplina. Sin ella, la fraternidad puede degenerar en simple reunión de conveniencias y la libertad individual terminar destruyendo el propósito colectivo. Pero disciplina no significa obediencia ciega, porque el Caballero no entrega su conciencia al ingresar en la Orden.
Nuestro compromiso fundamental no puede ser con la voluntad circunstancial de los hombres, sino con los principios, leyes, fines y valores que libremente juramos defender.
Cuando la autoridad institucional y esos principios marchan juntos, obedecer constituye un deber y una expresión de disciplina. Pero cuando se separan, comienza uno de los exámenes más difíciles para cualquier iniciado: distinguir entre respetar una jerarquía y renunciar a la propia conciencia.
La institucionalidad tampoco puede convertirse en refugio de aquello que contradice el espíritu de la institución.
No todo lo reglamentariamente posible es necesariamente justo. No toda decisión adoptada conforme a procedimiento resulta moralmente correcta. Y no todo silencio conseguido mediante disciplina constituye verdadera unidad.
A veces una institución parece conservar perfectamente su orden exterior mientras comienza a perder lentamente su autoridad interior.
Ese peligro debe preocuparnos profundamente.
Porque las instituciones rara vez comienzan a morir cuando alguien cuestiona una orden. Comienzan a debilitarse cuando los hombres dejan de creer moralmente en quienes las imparten y, peor todavía, cuando descubren que aquello que se les exige ya no guarda correspondencia con aquello que un día juraron defender.
Por eso la autoridad constituye una responsabilidad mucho más exigente que el poder.
El poder pertenece temporalmente al cargo; la autoridad pertenece moralmente al hombre. El primero puede obtenerse mediante una elección; la segunda solamente mediante el ejemplo.
Para un Caballero de la Luz, dirigir debería significar entonces mucho más que mandar. Significa servir, custodiar, enseñar, escuchar, corregir y, cuando sea necesario, rectificar.
Porque quien manda puede conseguir obediencia.
Quien tiene autoridad consigue confianza.
Y quien logra unir poder, autoridad, justicia y servicio no necesita recordar constantemente la dignidad que ostenta: sus propios hermanos se la reconocen.
LP:. Javier Álvarez Rodríguez
Logia Soles y Rayos de Oriente No.7 OCLU

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