“Me lo merezco aunque no me lo he ganado.”
He ahí la oración inconsciente que se repite —como un eco suave pero corrosivo— en los rincones más cómodos de la Orden.
Es la voz del alma adormecida, del hermano que confunde presencia con entrega, título con propósito, y pertenencia con virtud.
El que reclama la Luz, pero teme arder en ella.
Se ha vuelto frecuente culpar a las Logias por su inmovilidad, como si fueran entes ajenos a quienes las habitan.
Pero una Logia no es un edificio ni un nombre: es el conjunto de sus actos, la suma de sus silencios y la medida de sus coherencias.
Y cuando quienes la integran se contentan con asistir, con cumplir la liturgia del deber sin la sustancia del propósito, el templo se convierte en teatro, y la Tenida en rito vacío.
El merecimiento se ha vuelto una moneda falsa, un espejismo colectivo que promete recompensa sin sacrificio, reconocimiento sin transformación.
Es la ilusión de creer que basta con estar, cuando lo esencial es ser.
Y así, la Luz se convierte en una palabra bonita que pocos se atreven a encender.
El verdadero Caballero no espera merecer: se dispone a servir.
No busca el aplauso, sino la coherencia.
No mide su valor por el cargo ni por la asistencia, sino por la fidelidad silenciosa de su acción.
Porque quien se limita a asistir sin comprometerse, es apenas un turista del deber.
El templo no otorga Luz: solo la refleja.
Y si al mirarnos en ese reflejo no hallamos propósito, es porque el fuego no esta ardiendo en nosotros.
Ahí, justo ahí, nace el espejismo: cuando el deseo de reconocimiento suplanta la vocación de servir.
La Orden no necesita más fieles del ritual, sino fieles de la verdad.
No más guardianes del discurso, sino constructores del ejemplo.
Porque la Luz, como la dignidad, no se reclama: se conquista.
COMISION DE CULTURA Y DIVULGACION
Logia Soles y Rayos de Oriente No.7 OCLU

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