Hay una idea que como fantasma se ha vuelto un acosador permanente, y se escurre encharcando ya a algunos corazones suceptibles:
que la Logia se apaga, que el sentido se diluye, que reunirnos semana tras semana ya no parece justificar el esfuerzo.
Y esa sensación, legítima como toda vivencia honesta, merece ser escuchada; pero también merece ser pensada con rigor.
Porque el propósito —ni en la vida, ni en la Orden— se manifiesta como un fenómeno de generación espontánea.
Ninguna Logia nace viva por decreto ni se mantiene encendida por inercia.
Ningún fuego perdura si todos esperan que otro lo alimente.
La Logia no existe para darnos sentido.
La Logia existe porque alguien decidió darle sentido.
Cuando decimos que “ya no hay propósito”, conviene detenernos un instante y preguntarnos con humildad:
¿estamos describiendo un estado de la Logia… o nuestra renuncia silenciosa a construirla?
La Orden no fue concebida como un espectáculo al que se asiste, ni como un servicio que se consume.
Es una obra colectiva, exigente, lenta, a veces ingrata, que solo cobra forma cuando cada hermano acepta que el propósito no se espera: se asume.
No hay sesiones vacias por sí mismas.
Hay sesiones vacias cuando no se llega dispuesto a poner algo de sí: una idea, una pregunta, una tarea, una responsabilidad, una incomodidad necesaria.
Las generaciones no mueren por falta de juventud.
Mueren por exceso de espectadores, porque la vida no es un deporte para mirones.
Cada Logia atraviesa momentos de repliegue, de duda, de cansancio. Eso no es extinción: es prueba.
La extinción comienza cuando se confunde el cansancio con destino, y la crítica con excusa.
Tal vez no se trate de preguntarnos qué nos ofrece hoy la Logia,
sino qué estamos dispuestos a ofrecerle nosotros para que siga teniendo razón de ser mañana.
Porque la Logia no se hereda intacta.
Se reconstruye tenida tras tenida, o se pierde sin estridencias y en silencio.
Por eso si aún estamos sentados en sus columnas, si todavía pronunciamos sus palabras y vestimos sus símbolos,
entonces la pregunta no es si hay propósito…
sino si estamos dispuestos a encarnarlos.
El propósito no se inventa, se descubre, propósito no es lo mismo que felicidad
Una confusión común es creer que el propósito debe hacernos sentir bien todo el tiempo. No es así.
La felicidad es emocional.
El propósito es existencial.
Un propósito auténtico no siempre agrada, pero sí da sentido. Puede implicar esfuerzo, disciplina, renuncia e incluso conflicto.
El propósito aparece cuando dejás de mirarte solo a ti mismo, emergiendo cuando la pregunta cambia de:
> “¿Qué quiero yo?” a “¿Qué necesita este contexto que yo sí puedo aportar?”
No se trata de salvar al mundo, sino de ocupar el lugar que te corresponde
La acción precede a la claridad
Esperar a “sentir” el propósito antes de actuar es un error frecuente.
En la práctica, Se actúa con lo que uno sabe hacer, Se persevera en lo que sirve a otros, y recién después aparece la claridad, porque el propósito se afina en el hacer, no en la especulación intermiable.
Si tuviera que darte una sola brújula, a ti que me lees sería esta:
Aquello que estarías dispuesto a sostener aun cuando no seas aplaudido, reconocido ni recompensado, probablemente esté muy cerca de tu propósito….
LP:. Javier Alvarez Rodríguez
Logia Soles y Rayos de Oriente No.7 OCLU

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