Hay posturas que, aunque se presenten como celo por la institución, defensa de la tradición o resguardo del orden, en realidad esconden una pulsión mucho más preocupante: la necesidad de someter al otro al propio criterio. Ese es uno de los males más sutiles y corrosivos que puede incubarse dentro de una Orden. No siempre se manifiesta con gritos, agravios abiertos o actos groseros de imposición. A veces aparece revestido de solemnidad, de rango, de antigüedad, de tono grave y hasta de un discurso aparentemente responsable. Pero su esencia no cambia: no busca iluminar, sino condicionar; no pretende orientar, sino reducir; no desea formar, sino doblegar la diferencia para que todo termine encajando en la medida estrecha de una sola voluntad.

Cuando un hermano, y más aún si ocupa una alta dignidad, comienza a actuar como si su sensibilidad personal fuera el patrón supremo de lo legítimo, de lo correcto y de lo admisible, la vida institucional entra en una zona de peligro. Porque en ese punto ya no se discute desde los principios comunes, ni desde la ley, ni desde el espíritu formativo que debe animar toda fraternidad seria, sino desde la psicología de quien pretende que su incomodidad valga más que la libertad ajena, que su interpretación pese más que la norma compartida, y que su criterio personal funcione como una suerte de tribunal moral para medir la conducta, la palabra y hasta la intención de los demás. Esa deriva no fortalece a la institución: la empobrece. No la ordena: la estrecha. No la cuida: la subordina al temperamento de determinadas figuras.
Conviene decirlo sin rodeos: no toda firmeza es autoridad, no toda autenticidad es virtud y no toda jerarquía otorga razón. Hay hombres que confunden franqueza con derecho a herir, severidad con lucidez, y autoridad con capacidad de silenciamiento. Creen que por hablar con seguridad ya tienen profundidad; que por ostentar una investidura ya poseen superioridad interpretativa; que por sentirse guardianes de algo quedan habilitados para marcarle a los demás los límites de lo pensable, de lo publicable, de lo decible o de lo aceptable. Pero la autoridad moral jamás nace de esa ansiedad de control. La verdadera autoridad no necesita achicar a nadie para afirmarse. No requiere convertir cada diferencia en una amenaza ni cada criterio ajeno en una insolencia. Por el contrario, se reconoce precisamente en su capacidad para sostener principios sin humillar, para corregir sin envilecer, para orientar sin colonizar la conciencia de los demás.
Una Orden comienza a debilitarse cuando algunos de sus hombres más visibles dejan de servir a los principios y empiezan a servirse de ellos. Es allí cuando la doctrina deja de ser luz y pasa a ser instrumento; cuando la tradición deja de ser herencia viva y se transforma en excusa para controlar; cuando la institucionalidad deja de ser marco común y se vuelve coartada para que ciertos egos administren, desde arriba, la legitimidad de todos. Ese fenómeno produce un daño silencioso, pero profundo. Muchos terminan callando no porque hayan sido convencidos, sino porque no desean entrar en desgaste; no porque reconozcan una superioridad real en el argumento, sino porque perciben que disentir con ciertas voces trae consigo incomodidades, sospechas o descalificaciones veladas. Así, la fraternidad se va vaciando de sustancia y se reemplaza por una convivencia frágil, sostenida más por la prudencia defensiva que por el respeto genuino.
Lo más grave de esta tendencia es que suele disfrazarse de virtud. Rara vez se presenta como voluntad de predominio. Casi nunca dice con honestidad: “quiero que prevalezca mi manera de ver las cosas”. Se viste, más bien, de preocupación, de ortodoxia, de celo doctrinal, de respeto por las formas o de presunta fidelidad a la esencia de la institución. Sin embargo, basta mirar con serenidad para advertir que muchas veces no se está defendiendo el principio, sino el control; no se está protegiendo el orden, sino la centralidad de determinadas personalidades; no se está cuidando la fraternidad, sino exigiendo que la fraternidad se someta a la comodidad mental de unos pocos. Y allí es donde corresponde hacer un alto y pensar con honestidad. Porque una cosa es custodiar el espíritu de una Orden y otra muy distinta es pretender secuestrarlo para hacerlo coincidir exactamente con el propio juicio.
Ninguna investidura, por alta que sea, autoriza a disminuir al otro. Ninguna antigüedad habilita a tratar la discrepancia como insolencia. Ningún rango convierte al criterio personal en doctrina viva. Si la institución ha de conservar dignidad, debe recordar siempre que la autoridad verdadera se prueba en la templanza, en la justicia, en la capacidad de escuchar, en la fuerza serena de quien puede sostener una posición sin recurrir a la invalidación del hermano. Toda otra forma de ejercicio, por muy adornada que venga de títulos, trayectorias o gestos solemnes, no es más que inseguridad revestida de mando.
Por eso resulta necesario mirar críticamente estas tendencias. No para alentar rebeldías vacías ni para erosionar el respeto debido a las funciones, sino para defender algo mucho más alto: el equilibrio moral de la vida fraterna. Una institución que se deja arrastrar por la lógica de los personalismos severos, de los guardianes de sí mismos y de los intérpretes absolutos del bien termina extraviando su vocación formativa. Y cuando eso ocurre, ya no se elevan hombres libres y responsables, sino conciencias condicionadas por el peso de nombres, cargos o susceptibilidades. La fraternidad no puede convertirse en una pedagogía de la obediencia emocional. Debe seguir siendo, por encima de todo, una escuela de carácter, de discernimiento y de respeto.
En definitiva, someter al otro al criterio de uno mismo jamás será un acto de elevación. Podrá parecer firmeza, celo o autoridad, pero en el fondo no es más que una forma empobrecida de poder. Y toda Orden que aspire a honrar sus principios debe cuidarse de esa tentación, porque cuando el criterio personal pretende erigirse en medida absoluta de la vida común, deja de servir a la verdad y comienza, lenta pero peligrosamente, a servir solo al orgullo futil, como expresion superior del egotismo ilustrado.
LP.: Javier Alvarez Rodríguez 
Logia Soles y Rayos de Oriente No. 7 OCLU

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