Hay una tentación frecuente —cómoda pero peligrosa— de reducir el liberalismo a una consigna económica o a una etiqueta ideológica. Se lo invoca como defensa del mercado o se lo combate como si fuese sinónimo de desigualdad. Sin embargo, cuando se despoja al término de la estridencia del debate político, el liberalismo revela una arquitectura mucho más profunda: no es un dogma de consumo ni una apología del egoísmo, sino una ética del respeto. En su formulación más depurada —como la expresada por Alberto Benegas Lynch (h)— consiste en el respeto irrestricto por los proyectos de vida de los demás. Esa frase, lejos de ser una consigna, encierra una exigencia moral rigurosa: aceptar que el otro no nos pertenece, que no es un medio para nuestros fines, y que su libertad es tan inviolable como la propia.
Desde la perspectiva de la Orden Caballero de la Luz, este principio no resulta ajeno ni novedoso; por el contrario, dialoga íntimamente con la idea de dignidad humana que ha sostenido históricamente toda tradición fraternal auténtica. No hay fraternidad posible sin libertad, porque no puede haber vínculo genuino allí donde existe imposición. El liberalismo, en este sentido, no propone una sociedad de individuos aislados, sino una comunidad de voluntades libres que cooperan sin coacción. La diferencia es sutil pero decisiva: no se trata de vivir “sin reglas”, sino de vivir bajo reglas que no violenten la esencia del individuo. Por eso, el liberalismo clásico —desde John Locke hasta John Stuart Mill— ha insistido en que la función del orden jurídico no es dirigir la vida de las personas, sino proteger su vida, su propiedad y su libertad frente a la agresión.
En este marco, la propiedad privada deja de ser un mero derecho económico para convertirse en una extensión de la persona. Aquello que el individuo produce, adquiere o construye mediante su esfuerzo no es solo un bien material: es la cristalización de su tiempo, de su voluntad y de su inteligencia. Atentar contra ello bajo cualquier pretexto —aun cuando se invoquen fines nobles— implica, en última instancia, erosionar la autonomía del sujeto. Y allí es donde el liberalismo establece una frontera ética que la Orden reconoce como esencial: el bien no puede imponerse por la fuerza sin dejar de ser bien. La historia ha demostrado, como advirtiera Friedrich Hayek, que los proyectos que buscan organizar la vida de todos desde un centro terminan concentrando poder en unos pocos, con consecuencias que rara vez coinciden con las intenciones declaradas.
Pero sería un error interpretar el liberalismo como una simple defensa del mercado o como una invitación al consumo. Esa es, quizás, una de las confusiones más extendidas de nuestro tiempo. El consumismo —esa compulsión por definir la identidad a través de lo que se posee— no es una exigencia del liberalismo, sino una desviación cultural posible dentro de cualquier sistema donde exista abundancia. El liberalismo, en cambio, exige algo mucho más difícil: responsabilidad. No promete igualdad de resultados, ni garantiza éxito automático; lo que ofrece es un marco donde cada individuo puede desplegar su potencial sin interferencias arbitrarias, asumiendo las consecuencias de sus decisiones. En ese sentido, es un camino exigente, porque traslada el eje desde la dependencia hacia la autonomía.
Y es precisamente allí donde se encuentra su virtud más profunda. Una vida libre no es simplemente una vida sin restricciones externas; es una vida en la que el individuo se reconoce como autor de su destino. La prosperidad, bajo esta óptica, no se mide únicamente en términos materiales, sino en la capacidad de sostener una existencia digna, coherente y elegida. El liberalismo crea las condiciones para que esa construcción sea posible, porque limita el poder de quienes podrían interferir en ella —incluido el propio Estado— y protege el espacio donde se desarrolla la iniciativa personal. No elimina la incertidumbre, pero evita que esta sea reemplazada por la arbitrariedad.
La Orden Caballero de la Luz, en su vocación formativa, no puede permanecer indiferente ante esta distinción. Enseñar al hombre a pensar, a decidir y a asumir el peso de sus actos es, en última instancia, formar ciudadanos libres. Y formar ciudadanos libres implica defender un orden donde la ley no sea instrumento de dominación, sino resguardo de derechos; donde la cooperación no sea forzada, sino elegida; donde la solidaridad no sea un mandato impuesto, sino una virtud nacida de la conciencia. En ese terreno, el liberalismo no es una consigna partidaria, sino un marco ético compatible con la elevación del individuo.
Por eso, cuando afirmamos que el liberalismo es el camino más virtuoso hacia una vida próspera y libre, no lo hacemos desde la ingenuidad ni desde la negación de sus desafíos, sino desde la convicción de que ningún sistema que sacrifique la libertad en nombre de un supuesto bien superior ha logrado sostener, en el tiempo, ni la dignidad ni la prosperidad de las personas. La vigilancia permanente de la libertad —como recordaba Thomas Jefferson— no es un acto de desconfianza, sino de responsabilidad. Porque allí donde el individuo renuncia a su capacidad de decidir, otros no tardan en decidir por él. Y cuando eso ocurre, no solo se pierde la libertad: se pierde, también, la posibilidad misma de una vida verdaderamente propia.
HNO. PAT.: Yariel G Silva Molina
Logia soles y Rayos de Oriente No. 7 OCLU
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