Hay una etapa del pensamiento en la que el ser humano descubre que casi toda verdad depende del lugar desde donde se mira. Entonces comprende que lo que uno defiende como certeza, otro lo desmonta como ilusión; que lo que ayer parecía indiscutible, hoy puede revelarse frágil, parcial o incompleto. Pero ese descubrimiento, que debería volvernos humildes, a veces nos vuelve cínicos. Y allí nace el error: creer que porque muchas verdades son relativas, entonces ninguna verdad merece ser defendida.
Decir que todo es verdad equivale a renunciar al discernimiento. Decir que nada es verdad equivale a renunciar al sentido. Entre ambos extremos se libra la batalla más importante del espíritu: aprender a distinguir sin fanatismo y dudar sin destruirlo todo. La sabiduría no consiste en aferrarse ciegamente a una versión del mundo, ni en burlarse de toda convicción, sino en sostener principios profundos con una conciencia serena de nuestras propias limitaciones.
Quien madura interiormente entiende que no toda verdad es absoluta, pero tampoco toda incertidumbre es vacío. Hay verdades que no nacen de la opinión, sino de la experiencia moral: la lealtad vale, la dignidad importa, la palabra compromete, la luz orienta. Lo demás puede discutirse; eso no. Porque cuando todo se relativiza, también se relativiza el bien, y cuando el bien se vuelve negociable, la conciencia empieza a oscurecerse.
Moraleja: No temas dudar, pero teme perder el criterio. Porque no se extravía el hombre que reconoce que no lo sabe todo, sino aquel que, en nombre de la duda, deja de buscar la luz.

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