Reflexión doctrinal desde la Orden Caballero de la Luz
Todos necesitamos ser libres. La libertad constituye una de las aspiraciones más profundas del ser humano, un derecho inherente a su dignidad y una condición esencial para su desarrollo. Sin embargo, pocas veces nos detenemos ante una interrogante tan incómoda como necesaria: ¿merecemos verdaderamente la libertad que reclamamos?
Alguien podría argumentar, con sobrada razón, que la libertad no necesita merecerse porque constituye un derecho natural del hombre. Pero una cosa es poseer ese derecho y otra muy distinta demostrar, mediante nuestra conducta, que somos capaces de honrarlo.
Todos necesitamos alimentarnos, pero la necesidad, por sí sola, no produce el alimento. Las criaturas deben cazar, buscar o recolectar; el hombre debe cultivar, trabajar, producir o gestionar los medios para obtenerlo. Incluso cuando el alimento llega por solidaridad, alguien ha debido realizar el esfuerzo necesario para hacerlo posible. Naturalmente, quien no puede procurárselo no pierde por ello su dignidad ni su derecho a recibir ayuda. Pero la enseñanza permanece: necesitar algo no nos exonera de asumir, en la medida de nuestras posibilidades, las responsabilidades necesarias para obtenerlo y preservarlo.
Con la libertad sucede algo semejante. Todos queremos disfrutar de sus beneficios, pero no siempre estamos dispuestos a asumir sus exigencias. Reclamamos derechos mientras postergamos deberes; exigimos respeto, pero nos cuesta respetar; defendemos nuestra autonomía, aunque pretendemos trasladar a otros las consecuencias de nuestras decisiones. Confundimos entonces la libertad con la facultad de hacer cuanto deseamos, olvidando que su expresión más elevada consiste precisamente en saber gobernar nuestra voluntad.
¿Es verdaderamente libre quien no puede dominar su orgullo, reconocer un error, aceptar una discrepancia o renunciar a una conveniencia personal en nombre de un principio superior? La ausencia de cadenas exteriores no garantiza la emancipación interior. También podemos ser esclavos de la vanidad, el resentimiento, la comodidad y nuestras propias pasiones. No es más libre quien carece de límites, sino quien posee la conciencia y la disciplina necesarias para imponerse aquellos que considera justos.
Esta reflexión adquiere particular trascendencia dentro de la Orden Caballero de la Luz. Quien ingresa voluntariamente en una institución fraternal ejerce su libertad al aceptar principios, compromisos y responsabilidades. Pero sería contradictorio pretender disfrutar de los beneficios de la pertenencia mientras se eluden sistemáticamente los deberes que la sostienen. Queremos instituciones fuertes, pero no siempre contribuimos a fortalecerlas; reclamamos participación, pero permanecemos ausentes; exigimos reconocimiento, aunque no siempre estamos dispuestos a construir los méritos que podrían justificarlo.
La fraternidad no significa que todos debamos realizar idénticos esfuerzos, sino que cada cual asuma honestamente la responsabilidad que le corresponde. Tampoco implica confundir igualdad de dignidad con igualdad de méritos. La solidaridad debe acompañar a quien no puede, pero no convertirse en justificación permanente para quien, pudiendo contribuir, decide descansar sobre el sacrificio ajeno.
Esta exigencia alcanza igualmente a quienes ejercen autoridad. Ninguna investidura concede superioridad moral, ni puede reclamarse disciplina desde el privilegio, la arbitrariedad o la ausencia de ejemplo. La verdadera autoridad no se engrandece por mandar, sino por servir con justicia. Una Orden de hombres libres no puede sustentarse en la obediencia ciega, como tampoco puede prosperar sobre la irresponsabilidad convertida en derecho.
Existe, además, una consecuencia particularmente peligrosa de renunciar a nuestras responsabilidades: quien no está dispuesto a ejercer conscientemente su libertad termina delegando en otros el gobierno de su propio destino. Quien no participa permite que otros decidan; quien no se prepara depende de quienes lo hacen; quien rehúye sistemáticamente el compromiso termina reclamando resultados de esfuerzos que no contribuyó a construir. No toda dependencia nace de una elección, pero aquella que alimentamos deliberadamente mediante nuestra indiferencia termina debilitando nuestra autonomía.
Sería cómodo dirigir estas reflexiones exclusivamente hacia las debilidades ajenas. Sin embargo, la doctrina pierde su valor cuando se convierte en instrumento para juzgar a otros sin examinarnos a nosotros mismos. Antes de preguntarnos qué libertad merecen nuestros hermanos, deberíamos preguntarnos qué hacemos nosotros con la que poseemos. ¿Cumplimos nuestros compromisos cuando nadie nos observa? ¿Defendemos nuestros principios cuando hacerlo exige sacrificios? ¿Reconocemos la libertad ajena incluso cuando contradice nuestros intereses?
Quizás, entonces, la verdadera cuestión no sea determinar quién merece ser libre, pues ese derecho nos pertenece a todos, sino comprender quién está dispuesto a asumir la responsabilidad moral de vivir en libertad.
Porque la libertad no se gana como derecho, pero sí se conquista como virtud. No basta con reclamarla, proclamarla o disfrutarla: debemos aprender a sostenerla mediante el trabajo, la conciencia, la disciplina y la rectitud de nuestra conducta.
Y para un Caballero de la Luz, esa enseñanza debería constituir mucho más que una declaración doctrinal: debería ser una forma de vivir.
La libertad es un derecho que nadie debería arrebatarnos; pero la dignidad de su ejercicio es una conquista que nadie puede realizar por nosotros.
Comision de Cultura y Divulgacion Logia Soles y Rayos de Oriente No. 7 OCLU

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