Los muertos guardan silencio, lo que sigue es asunto de los vivos
Los muertos guardan silencio. No opinan, no corrigen, no exigen. No pueden incomodarnos. Y quizá por eso nos resultan tan funcionales. Porque mientras ellos callan, nosotros hablamos por ellos, los citamos, los elevamos, los embalsamamos en discursos solemnes y los convertimos en mármol pulido. El problema no es la memoria. El problema es la evasión que se disfraza de homenaje.
Desde hace décadas —y con una persistencia que ya debería alarmarnos— la Orden Caballero de la Luz ha preferido vivir colgada de las glorias del ayer antes que asumir el peso incómodo del presente. Nos hemos vuelto expertos en aniversarios, en efemérides, en nombres ilustres repetidos como mantras. Sabemos enumerar próceres, recitar fechas, venerar retratos. Pero cada vez resulta más difícil señalar transformaciones reales, pensamiento vivo, acción concreta, coraje contemporáneo.
Hemos desarrollado una nefasta cultura de sacar lustre al mármol en lugar de encarnar el salto que nos corresponde. El mármol no se equivoca, no discute, no se adapta. El mármol es perfecto porque está muerto. Y en ese gesto —aparentemente respetuoso— hemos terminado por deshumanizar a quienes decimos honrar. Ya no sabemos si aquellos hombres fueron humanos, con contradicciones, riesgos y decisiones difíciles, o si fueron piedras preciosas caídas del cielo, ajenas a su tiempo y, por lo tanto, imposibles de imitar.
Esta operación tiene una consecuencia grave: nos exime de responsabilidad. Porque si los grandes del pasado fueron inalcanzables, entonces nosotros estamos justificados en no estar a la altura. Si fueron excepcionales por naturaleza, no por compromiso, entonces no hay nada que continuar, solo que conservar. Y conservar es siempre más cómodo que transformar.
Pero la Orden no nació para custodiar vitrinas. Nació para educar, para incomodar, para formar hombres y mujeres capaces de leer su tiempo y actuar en él. Cada figura histórica que hoy veneramos fue, en su momento, un vivo que decidió hacerse cargo. No esperó unanimidades, no pidió permiso al pasado, no se escondió detrás de tradiciones inmóviles. Actuó. Se equivocó. Insistió. Pagó costos.
La pregunta, entonces, es inevitable y brutal: ¿hacerse cargo, para cuándo?
¿Para cuándo el pensamiento crítico que no repite fórmulas heredadas?
¿Para cuándo la valentía institucional de revisar prácticas que ya no responden a la realidad?
¿Para cuándo el compromiso de construir legado en lugar de administrarlo?
Honrar a los muertos no es repetir sus nombres. Es continuar su gesto. Es asumir que el silencio que hoy guardan no es una orden de quietud, sino una transferencia de responsabilidad. Lo que no hagamos nosotros, nadie lo hará en su nombre.
Los muertos ya cumplieron.
Lo que sigue —nos guste o no— es asunto de los vivos.
LP:. Javier Alvarez Rodriguez
Logia Soles y Rayos de Oriente No.7 OCLU

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    Yariel

    Nunca mejor escrito

    Nunca mejor escrito. Mi hermano creo que tus palabras resumieron de forma majestuosa toda la realidad de la actualidad. Comparto 100% todas las letras escritas y sin que me quede nada por dentro, digo que este ha sido uno de tus escritos con los que mas me he identificado.

    febrero 3, 2026

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