Cada 28 de enero se repite el rito. Se multiplican las imágenes, los discursos, las citas sueltas, las apelaciones solemnes. Se pronuncia su nombre con una facilidad que contrasta con la dificultad real de vivir conforme a su pensamiento. José Martí vuelve a ser invocado, una vez más, como comodín moral, como escudo retórico, como bandera prestada para causas, ideologías, prácticas y relatos con los que no solo no comulgó, sino que combatió en vida.
Y sin embargo, Martí no fue una consigna. No fue una tapadera. No fue un recurso ornamental para cubrir fisuras éticas, políticas o espirituales. Fue un hombre de pensamiento incómodo, de palabra recta, de conducta exigente. Fue un espíritu profundamente libre que se negó a someter su conciencia a partidos, dogmas o poderes circunstanciales. Un hombre que pagó con el exilio, la pobreza y finalmente con la vida, su negativa a callar, a claudicar, a acomodarse.
Hoy se lo utiliza —con una ligereza casi obscena— para justificar lo injustificable, para vestir de épica lo que es mezquino, para cubrir de lirismo lo que es simple abuso, para envolver de “patria” lo que es poder. Se lo cita fuera de contexto. Se lo reduce a frases huecas. Se lo convierte en estatua inofensiva. Se lo momifica para que no incomode.
Pero Martí fue, ante todo, un educador moral. Un republicano radical en el sentido profundo del término: enemigo de toda tiranía, de toda mediocridad cívica, de toda simulación patriótica. Fue un crítico feroz del caudillismo, del oportunismo, del culto al mando, del embrutecimiento de los pueblos por la mentira sistemática. Fue un defensor intransigente de la dignidad humana como principio no negociable.
Fue también —y esto no es menor— Hermano Fraternal. Hombre de asociaciones cívicas, de proyectos colectivos, de construcción ética desde la base social. Comprendió que la libertad no se decreta: se forma. Que la república no se proclama: se educa. Que la independencia no se hereda: se ejerce cada día en la conducta individual y en la responsabilidad pública.
Martí fue Cónsul de Uruguay, Paraguay y Argentina. Representó a pueblos que no eran el suyo con una altura moral que hoy debería avergonzarnos. Entendía América como una comunidad de destino, no como un tablero de ajedrez ideológico. Pensaba en términos de civilización, no de facción. De justicia, no de revancha. De cultura, no de propaganda.
Usar a Martí para justificar cualquier ideología, cualquier abuso, cualquier relato de conveniencia es traicionarlo. Es convertirlo en lo que nunca fue: un santo laico al servicio del poder de turno. Martí no pertenece a ningún partido, a ningún gobierno, a ningún régimen. Pertenece a la conciencia crítica de los pueblos que todavía se niegan a aceptar la mentira como forma de vida.
Honrar a Martí no es repetir su nombre ni desfilar con su retrato. Es incomodarse con su pensamiento. Es revisar nuestras prácticas. Es medir nuestras instituciones, nuestras conductas y nuestros discursos con la vara exigente de su ética. Es preguntarnos —sin coartadas— si lo que hacemos hoy resistiría su mirada.
Martí no fue un hombre para cubrir fisuras: fue un hombre para abrirlas. Para que por ellas entrara la luz.
Y tal vez ese sea hoy su homenaje más honesto: dejar de usarlo como tapadera y volver a escucharlo como conciencia.
COMISIÓN DE CULTURA Y DIVULGACIÓN 
Logia Soles y Rayos de Oriente No 7 OCLU

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    Denys Hernandez Ramirez

    Marti no era comunista

    Intentan envolver la figura de Martí en un entorno comunista y utilizan algunos de sus escritos para justificar los males de este mal gobierno.
    En la Literatura martiana el tomo XV salen los escritos donde el apóstol criticaba fuertemente el sistema comunista , lo hacía elogiando la escritura de un filósofo cuyo nombre no recuerdo el cuál criticaba fuertemente a dicho sistema

    enero 28, 2026

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