Preocupa como en el seno de nuestras logias y, por lo tanto, en la médula misma de la Orden Caballero de la Luz, se ha instalado una peligrosa cultura: la del berrinche. Esa actitud infantil que convierte cualquier disenso en motivo de ruptura, cualquier opinión distinta en una ofensa, cualquier corrección en un agravio. Nos hemos acostumbrado a que el enojo sea argumento, a que la emoción sustituya a la razón, y a que el silencio cómplice se confunda con prudencia.
Rompo todo —de los demás: sus ideas, sus opiniones, sus maneras de pensar— y en ese gesto, casi siempre impulsivo, me alejo del propósito superior de la Orden, que es educar, construir y fraternizar. Nos olvidamos de que la discrepancia no destruye si nace del respeto, que el debate no es enemigo de la armonía, y que el criterio propio no debe ser látigo, sino lámpara.
La cultura del berrinche no admite diálogo, solo ruido. Y el ruido, en una institución que se funda en la construccion de valores, es el humo que enturbia la claridad. Es hora de reeducarnos, de volver a escuchar sin miedo, de disentir sin ensuciar, y de recordar que los verdaderos Caballeros no rompen: reparan, comprenden y edifican.
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