Hay fechas que el tiempo decide unir para siempre.
El 11 de julio es una de ellas.
Ese día nació José de la Luz y Caballero, el hombre a quien José Martí llamó, con absoluta justicia, “el silencioso fundador” de la patria cubana. Y ese mismo día, ciento veintiún años después de su muerte, miles de cubanos salieron a las calles reclamando aquello que toda nación libre debería considerar irrenunciable: el derecho a vivir con dignidad.
No se trata de una casualidad del calendario. Es una paradoja de la historia.
Porque si alguna revolución intentó hacerse dueña de la educación, de la conciencia y del pensamiento del hombre cubano, fue precisamente en la patria del mayor educador que ha producido nuestra nación.
José de la Luz jamás entendió la educación como un mecanismo para fabricar obediencia. Todo lo contrario. Educar significaba formar hombres capaces de pensar por sí mismos, de actuar conforme a su conciencia y de asumir responsablemente su libertad.
No pretendía discípulos sumisos.
Pretendía ciudadanos virtuosos.
Por eso resulta imposible contemplar la realidad cubana contemporánea sin preguntarse qué sentiría aquel maestro al observar una sociedad donde durante décadas se ha confundido educación con adoctrinamiento, unanimidad con patriotismo y silencio con paz social.
El problema de Cuba no comenzó el 11 de julio de 2021.
Ese día simplemente quedó al descubierto.
Las multitudes no nacen espontáneamente. Son la consecuencia de años de frustraciones acumuladas, de proyectos incumplidos, de libertades restringidas y de generaciones enteras obligadas a elegir entre el exilio, el silencio o la resignación.
Cuando un pueblo pierde el miedo, no comienza la crisis.
La crisis ya llevaba mucho tiempo instalada.
Lo que cambia es que deja de poder ocultarse.
Desde entonces algunos han pedido reconciliación.
Otros exigen justicia.
No son conceptos incompatibles.
Pero existe una condición indispensable: no puede haber reconciliación verdadera mientras se niegue el dolor de quienes han sufrido la represión, la cárcel, el destierro, la censura o la pérdida de seres queridos.
La paz no consiste en el silencio impuesto.
La paz nace de la verdad.
Y la verdad exige llamar a las cosas por su nombre.
No es odio denunciar la injusticia.
No es violencia reclamar libertad.
No es extremismo defender la dignidad humana.
Lo que degrada moralmente a una nación es acostumbrarse a convivir con la arbitrariedad como si fuera un fenómeno natural.
A veces se invoca la tolerancia como virtud suprema, pero ninguna virtud puede convertirse en excusa para perpetuar el abuso. La tolerancia protege a las personas, nunca protege la injusticia.
Pedir al oprimido que sea infinitamente tolerante con quien lo oprime no constituye una enseñanza moral; constituye una perversión del propio concepto de virtud.
José de la Luz y Caballero nunca confundió bondad con cobardía.
Fue un hombre profundamente cristiano, pero también profundamente exigente consigo mismo y con su sociedad.
Sabía que el amor a la patria no consiste en aplaudir sus errores, sino en tener el valor suficiente para corregirlos.
Quizá el mayor drama de Cuba no sea únicamente la escasez de alimentos, el deterioro de sus instituciones o el éxodo de millones de sus hijos.
Tal vez el drama más profundo sea haber intentado sustituir la conciencia por la obediencia.
Porque un pueblo puede reconstruir ciudades.
Puede reconstruir su economía.
Puede reconstruir sus instituciones.
Lo verdaderamente difícil es reconstruir ciudadanos después de décadas enseñándoles que pensar diferente constituye un peligro.
Por eso José de la Luz y Caballero sigue siendo hoy extraordinariamente actual.
Porque representa exactamente lo contrario de todo proyecto que aspire a dominar al hombre desde el miedo.
Su legado no pertenece al pasado.
Es una tarea pendiente.
Mientras exista un cubano dispuesto a defender la verdad por encima de la conveniencia, la conciencia por encima de la obediencia y la dignidad por encima del temor, la obra de Luz permanecerá viva.
Y quizá sea esa la gran enseñanza que nos deja este 11 de julio.
No recordar únicamente el nacimiento de un maestro.
Sino comprender que la patria que él soñó continúa esperando ciudadanos capaces de terminar la obra que comenzó educando.
Porque las dictaduras temen muchas cosas.
Pero pocas les resultan tan peligrosas como un hombre verdaderamente educado.
Y José de la Luz y Caballero dedicó toda su vida precisamente a formar esos hombres.
LP:. Javier Alvarez Rodríguez 
Logia Soles y Rayos de Oriente No 7 OCLU

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